De Rivadavia a Milei: dos siglos de una misma pregunta sobre la dependencia argentina

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La visita de Javier Milei al Reino Unido para la semifinal entre Argentina e Inglaterra reavivó un viejo debate histórico. Más allá del fútbol, la relación entre ambos países vuelve a poner sobre la mesa una discusión que atraviesa doscientos años de historia: ¿cómo se construye la autonomía de una nación en un mundo donde el poder económico rara vez llega sin condiciones?

Hay fotografías que parecen casuales.

Y otras que llegan cargadas de historia.

Javier Milei viajará al Reino Unido para asistir al partido entre Argentina e Inglaterra por las semifinales del Mundial 2026. Lo hará acompañado por una agenda política y económica que trasciende largamente al fútbol. Para algunos será apenas un gesto diplomático. Para otros, una imagen simbólica de una relación bilateral que lleva más de dos siglos atravesando la historia argentina. (eldestapeweb.com)

Porque Argentina e Inglaterra nunca fueron solamente dos selecciones.

Fueron, durante buena parte del siglo XIX y del XX, dos países unidos por una relación profundamente desigual. Una potencia industrial y financiera que expandía su influencia global. Una nación joven que buscaba construir su Estado mientras dependía del crédito externo, las exportaciones primarias y las inversiones británicas.

La pregunta, en el fondo, sigue siendo la misma.

¿Hasta dónde llega la cooperación y dónde empieza la dependencia?

El primer préstamo

Toda historia argentina sobre deuda externa suele comenzar con un nombre.

Bernardino Rivadavia.

En 1824, durante el gobierno de la provincia de Buenos Aires, se firmó el célebre empréstito con la banca Baring Brothers. La operación debía financiar obras públicas, infraestructura y el desarrollo del país naciente.

La mayor parte de esos recursos nunca llegó a cumplir ese destino.

Entre comisiones, descuentos, intermediarios y gastos financieros, el dinero recibido fue considerablemente menor que el monto originalmente contratado. La deuda, en cambio, permaneció durante décadas y terminó de cancelarse recién en 1904.

Más allá de las interpretaciones historiográficas sobre aquel episodio, el préstamo quedó instalado en la memoria política argentina como el inicio de una relación de dependencia financiera con el capital británico.

No fue solamente un crédito.

Fue una forma de inserción en el mundo.

El siglo británico

Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, Gran Bretaña fue el principal socio comercial de la Argentina.

Pero también mucho más que eso.

Capitales británicos financiaron ferrocarriles, puertos, frigoríficos, bancos y servicios públicos. Esa inversión resultó decisiva para el crecimiento económico del modelo agroexportador, pero también consolidó una estructura productiva orientada a abastecer las necesidades de la economía británica.

La Argentina producía alimentos.

Inglaterra fabricaba bienes industriales.

Ambos crecían.

No necesariamente en igualdad de condiciones.

Esa relación permitió una extraordinaria expansión económica, aunque también dejó instalada una pregunta que todavía atraviesa el desarrollo latinoamericano: ¿es posible construir prosperidad duradera cuando buena parte de las decisiones estratégicas dependen del capital externo?

Del Imperio a los mercados

El Reino Unido de hoy ya no ocupa el lugar hegemónico que tuvo durante el siglo XIX.

El poder global cambió de manos varias veces.

Estados Unidos desplazó a Londres como principal actor financiero internacional. China emergió como potencia comercial. Los mercados financieros funcionan de manera mucho más integrada que durante la época de los imperios coloniales.

Pero algunos mecanismos conservan cierto aire de familia.

Las economías periféricas siguen necesitando inversiones, financiamiento y acceso a mercados. Los países centrales continúan definiendo buena parte de las reglas del sistema financiero internacional.

La dependencia ya no viaja únicamente en barcos.

También circula por los mercados de deuda, las calificadoras de riesgo, los organismos multilaterales y los grandes fondos de inversión.

Milei y otra forma de mirar el mundo

El gobierno de Javier Milei propone una lectura muy distinta de esa historia.

Para el Presidente, la apertura económica, la seguridad jurídica y la integración plena a los mercados internacionales constituyen condiciones indispensables para el desarrollo argentino. Su política exterior privilegia el alineamiento con Estados Unidos, Israel y las democracias occidentales, mientras plantea una relación de mayor cercanía con los grandes centros financieros globales.

Desde esa perspectiva, las inversiones extranjeras no representan una amenaza para la soberanía, sino una oportunidad para acelerar el crecimiento económico.

Sus críticos responden que esa estrategia puede reproducir viejas formas de subordinación, especialmente cuando el país negocia desde posiciones de debilidad financiera o depende del ingreso de capitales para sostener su estabilidad macroeconómica.

No es una discusión nueva.

Es una discusión argentina.

Entre la historia y el presente

Hay un riesgo frecuente cuando se habla de dependencia económica.

Convertir la historia en un museo.

La relación entre Argentina y el Reino Unido de 2026 no es la misma que existía durante el Imperio Británico. Tampoco la economía mundial funciona bajo las lógicas coloniales del siglo XIX.

Pero eso no significa que las asimetrías hayan desaparecido.

Simplemente cambiaron de forma.

Hoy el debate gira alrededor de inversiones estratégicas, deuda, energía, inteligencia artificial, recursos naturales y cadenas globales de valor. La pregunta sigue siendo cómo insertarse en ese mundo sin resignar capacidad de decisión sobre el propio desarrollo.

No alcanza con rechazar toda inversión extranjera.

Tampoco con aceptar cualquier condición en nombre del mercado.

La experiencia internacional muestra que los países que lograron desarrollarse combinaron apertura con políticas industriales, inversión privada con planificación pública y mercados dinámicos con instituciones fuertes.

La autonomía rara vez nace del aislamiento.

Pero tampoco suele surgir de la dependencia.

Mucho más que un partido

Mientras Argentina e Inglaterra vuelvan a enfrentarse en una cancha, aparecerán inevitablemente los recuerdos de Malvinas, de Maradona, de 1986 y de una historia compartida que excede largamente al fútbol.

La visita de Milei a Londres se inscribe también en esa tradición de símbolos.

Cada generación argentina vuelve a discutir, con otros nombres y otros protagonistas, cómo relacionarse con las grandes potencias.

Rivadavia discutía préstamos.

Perón discutía soberanía económica.

Menem hablaba de relaciones carnales.

Los Kirchner impulsaron una estrategia de mayor autonomía regional.

Milei reivindica la apertura irrestricta al capitalismo occidental.

Los contextos cambian.

La pregunta permanece.

¿Cómo construir un país capaz de integrarse al mundo sin perder la capacidad de decidir su propio destino?

Tal vez esa sea una de las discusiones más persistentes de la historia argentina.

Y probablemente siga abierta mucho después de que termine el partido entre Argentina e Inglaterra.