¿Y si la Vía Láctea tuviera gusto a frambuesa? El azúcar encontrado entre las estrellas acerca una vieja pregunta sobre el origen de la vida

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Un equipo internacional detectó por primera vez eritrulosa —un azúcar presente en las frambuesas— flotando en el espacio interestelar. El hallazgo no significa que la galaxia «sepa» a fruta, pero sí fortalece una de las hipótesis más fascinantes de la ciencia: que algunos de los ingredientes básicos de la vida llegaron a la Tierra desde el cosmos.

Durante mucho tiempo imaginamos el espacio como un inmenso desierto.

Frío.

Vacío.

Silencioso.

La ciencia lleva décadas demostrándonos exactamente lo contrario.

El universo está lleno de química.

Y esa química es cada vez más parecida a la nuestra.

Esta semana, un equipo internacional liderado por investigadores del Centro de Astrobiología de España anunció un descubrimiento que parece escrito por un poeta o por un pastelero cósmico: detectó eritrulosa, un tipo de azúcar presente en las frambuesas y otros frutos rojos, flotando en una nube molecular cercana al centro de la Vía Láctea. Es la primera vez que esta molécula se identifica directamente en el medio interestelar.

El titular invita inevitablemente al juego.

¿La galaxia sabe a frambuesa?

No exactamente.

Pero sí nos obliga a mirar el universo con otros ojos.

No es un postre espacial

Conviene empezar por desarmar la metáfora.

La eritrulosa no es azúcar de mesa. Tampoco hay cucharadas de frambuesa flotando entre las estrellas.

Se trata de un monosacárido, una molécula orgánica formada por carbono, hidrógeno y oxígeno. En la Tierra aparece de manera natural en algunos frutos rojos y también se utiliza en productos cosméticos autobronceadores. En el espacio fue detectada en estado gaseoso dentro de una enorme nube de gas y polvo situada a unos 26.000 años luz de nuestro planeta.

El hallazgo fue posible gracias a dos radiotelescopios instalados en España, capaces de captar señales de radio extraordinariamente débiles emitidas por las moléculas presentes en el medio interestelar. Comparando esas «huellas digitales» con mediciones realizadas en laboratorio, los investigadores pudieron confirmar la presencia de la eritrulosa.

Es un trabajo de paciencia extrema.

No se fotografía una molécula.

Se escucha.

¿Por qué un azúcar puede cambiar nuestra manera de entender la vida?

Porque los azúcares son mucho más importantes que el café de la mañana.

Constituyen una de las piezas fundamentales de la química de los seres vivos. Participan en procesos metabólicos, almacenan energía y forman parte de estructuras esenciales relacionadas con el ARN y el ADN.

Durante décadas, los científicos intentaron explicar cómo aparecieron estas moléculas en la Tierra primitiva.

Existían dos grandes posibilidades.

La primera sostenía que se formaron completamente aquí, mediante reacciones químicas ocurridas hace unos 3.800 millones de años.

La segunda proponía algo bastante más audaz.

Que parte de esos ingredientes llegaron desde el espacio transportados por meteoritos y asteroides.

Este descubrimiento no demuestra definitivamente esa hipótesis.

Pero la fortalece.

Si la eritrulosa ya existía en las nubes donde nacen estrellas, planetas y sistemas solares, resulta mucho más plausible que también haya viajado en cuerpos rocosos que impactaron sobre la Tierra durante sus primeros cientos de millones de años. Los investigadores estiman incluso que nuestro planeta pudo haber recibido entre medio millón y 50 millones de toneladas de esta molécula durante el gran bombardeo de asteroides ocurrido hace unos 4.000 millones de años.

La vida quizá no empezó aquí

Hay una idea profundamente hermosa detrás de esta investigación.

Durante mucho tiempo pensamos que la Tierra era un laboratorio aislado.

Hoy empezamos a sospechar que podría haber sido apenas una estación dentro de un proceso químico mucho más amplio.

Las moléculas orgánicas complejas no serían una rareza terrestre.

Serían parte del funcionamiento habitual del universo.

Eso no significa que haya vida en cada rincón de la galaxia.

Significa algo diferente.

Que los ladrillos necesarios para construirla podrían estar mucho más distribuidos de lo que imaginábamos.

La diferencia parece pequeña.

Es gigantesca.

La cocina del universo

Quizás la mejor manera de entender este descubrimiento sea pensar en una receta.

Para preparar un pan hacen falta harina, agua, levadura y tiempo.

Encontrar harina no significa que ya exista el pan.

Pero sin harina nunca habría pan.

Con la vida ocurre algo parecido.

La eritrulosa no es vida.

Es un ingrediente.

Uno muy importante.

Y ahora sabemos que ese ingrediente también existe entre las estrellas.

Un universo menos extraño y más cercano

Hay descubrimientos científicos que sirven para construir mejores teléfonos.

Otros permiten desarrollar medicamentos.

Y algunos, como este, cumplen una función distinta.

Cambian nuestra imaginación.

Nos recuerdan que el carbono de nuestro cuerpo nació en estrellas antiguas, que el hierro de nuestra sangre fue forjado en explosiones estelares y que, probablemente, algunos de los componentes químicos que hicieron posible la vida también viajaron millones de kilómetros antes de llegar a este pequeño planeta azul.

Carl Sagan solía decir que somos polvo de estrellas.

La ciencia moderna empieza a agregar un detalle.

Tal vez también seamos una receta escrita por el universo mucho antes de que existiera la Tierra.

Y esa receta, curiosamente, parece incluir un azúcar que hoy encontramos en las frambuesas.

No porque la Vía Láctea tenga sabor.

Sino porque el cosmos, después de todo, se parece bastante más a nosotros de lo que alguna vez imaginamos.