La guerra en Yemen sumó uno de sus episodios más sangrientos desde la tregua alcanzada en 2022. Un ataque con misiles y drones lanzado por los rebeldes hutíes dejó al menos 38 militares muertos y decenas de heridos, reavivando un conflicto que parecía haber entrado en una frágil etapa de contención.
La guerra nunca desapareció de Yemen. Simplemente dejó de ocupar los titulares con la frecuencia de otros conflictos internacionales. Sin embargo, bajo esa aparente calma, las tensiones continuaron acumulándose. Esta semana volvieron a estallar con una intensidad que recordó los peores momentos de una guerra que ya lleva más de una década.
Un ataque coordinado con misiles balísticos y drones lanzado por los rebeldes hutíes impactó sobre bases militares de las fuerzas gubernamentales en las provincias de Marib y Hadramaut. El saldo preliminar dejó al menos 38 soldados muertos y 29 heridos, en una de las ofensivas más letales registradas desde la tregua impulsada por Naciones Unidas en 2022. Los hutíes reivindicaron posteriormente la operación.
Según fuentes militares, uno de los proyectiles alcanzó un campamento durante la formación matutina de los efectivos, multiplicando el número de víctimas. La ofensiva sorprendió incluso a observadores internacionales que seguían de cerca la evolución del conflicto, ya que la tregua, aunque debilitada, había reducido considerablemente los enfrentamientos de gran escala en los últimos años.
El Gobierno reconocido internacionalmente calificó los ataques como una agresión de gran magnitud y prometió responder. El Ministerio de Defensa yemení aseguró que las Fuerzas Armadas actuarán «en el momento y lugar que consideren oportunos», una advertencia que incrementa el temor a una nueva espiral de violencia.
Los hutíes, respaldados política y militarmente por Irán según denuncian sus adversarios y varios gobiernos occidentales, mantienen el control de buena parte del norte del país, incluida la capital, Saná. Desde el inicio de la guerra en Gaza también intensificaron su participación en la crisis regional mediante ataques contra embarcaciones comerciales y militares en el mar Rojo, ampliando el conflicto mucho más allá de las fronteras yemeníes.
La nueva ofensiva ocurre en un momento especialmente delicado para Medio Oriente. Las negociaciones internacionales sobre la seguridad marítima en el estrecho de Ormuz, la tensión entre Irán y Estados Unidos y los enfrentamientos vinculados a la guerra en Gaza conforman un escenario donde cualquier episodio puede tener consecuencias regionales.
Mientras tanto, la población civil continúa siendo la principal víctima de un conflicto que Naciones Unidas considera una de las mayores crisis humanitarias del planeta. Millones de personas siguen dependiendo de la ayuda internacional para acceder a alimentos, agua potable y atención médica, en un país devastado por años de guerra, desplazamientos y colapso institucional.
La ofensiva hutí demuestra que la tregua nunca logró transformarse en una paz duradera. El conflicto permanecía latente y el ataque de esta semana vuelve a recordar que Yemen continúa siendo uno de los puntos más inestables de Medio Oriente, con capacidad para alterar el equilibrio de toda la región.