La actividad comercial sigue sin recuperar el impulso perdido y las ventas minoristas registraron una nueva baja en julio. El dato vuelve a poner bajo la lupa uno de los puntos más sensibles de la economía argentina: una recuperación que todavía no logra convertirse en consumo sostenido.
Hay una señal que aparece una y otra vez en la economía argentina: los precios pueden desacelerarse, algunos indicadores macroeconómicos pueden mostrar mejoras y, sin embargo, en los comercios la recuperación todavía no termina de sentirse.
Julio volvió a dejar esa sensación. Las ventas minoristas registraron una nueva caída y prolongaron una tendencia que viene afectando especialmente a los pequeños y medianos comercios. El consumo continúa debilitado y, lejos de encontrar un piso claro, acumula nuevos retrocesos.
El dato importa porque el comercio minorista funciona como una especie de termómetro de la economía cotidiana. Detrás de cada persiana que abre hay familias que compran, trabajadores que cobran, proveedores que venden y comerciantes que intentan sostener sus negocios. Cuando las ventas se contraen durante varios meses, el problema deja de ser exclusivamente comercial y comienza a trasladarse hacia el empleo, la producción y las expectativas.
La situación resulta especialmente incómoda para el Gobierno de Javier Milei, que construyó buena parte de su programa económico alrededor de la estabilización de las variables macroeconómicas. La desaceleración de la inflación fue presentada como una condición necesaria para recuperar el poder adquisitivo y reactivar la economía. Pero una cosa es estabilizar los precios y otra, bastante más difícil, conseguir que los ingresos vuelvan a generar un consumo capaz de sostener el crecimiento.
El problema es que muchas familias todavía deben administrar sus gastos con extrema cautela. El salario puede dejar de perder frente a la inflación en términos mensuales, pero eso no significa que haya recuperado todo el poder de compra perdido durante el proceso anterior. Al mismo tiempo, los hogares enfrentan aumentos en servicios, alquileres, transporte, educación y otros gastos que reducen el dinero disponible para las compras cotidianas.
Para los pequeños comercios, el escenario es todavía más complejo. Menos clientes significa menos facturación, mientras los costos de mantener abierto un negocio siguen presentes. Alquileres, servicios, salarios, impuestos y proveedores deben pagarse incluso cuando las ventas disminuyen. El margen de maniobra se vuelve cada vez más pequeño.
La caída del consumo también tiene un efecto que va más allá de la caja registradora. Cuando las familias compran menos, los comercios reducen sus pedidos; los proveedores producen menos; las empresas postergan inversiones y el mercado laboral recibe el impacto. Se genera así un círculo difícil de romper: menos consumo, menos actividad y más incertidumbre terminan retroalimentándose.
El Gobierno apuesta a que la consolidación de la estabilidad macroeconómica, junto con una eventual recuperación de la inversión y del crédito, permita revertir este escenario. Pero el desafío consiste en que esa recuperación llegue a la economía real y no quede limitada a determinados sectores o indicadores financieros.
Julio vuelve a mostrar, en definitiva, una de las principales contradicciones de la etapa actual. La economía puede exhibir señales de orden en algunos frentes mientras buena parte de la sociedad todavía siente que el bolsillo no alcanza.
La recuperación económica no se mide solamente en reservas, inflación o balances. También se mide en la cantidad de personas que entran a un comercio, en una familia que puede volver a comprar algo que había dejado de comprar y en un pequeño empresario que puede mirar el mes siguiente sin hacer cuentas con la calculadora en una mano y la incertidumbre en la otra.
Mientras las ventas sigan cayendo, la pregunta seguirá abierta: ¿cuándo llegará la recuperación a la calle?