Una científica de la Patagonia escribió una carta abierta sobre el temor que atraviesa a quienes hacen ciencia en la Argentina. Su relato convierte una preocupación personal en una pregunta colectiva: qué ocurre cuando el miedo empieza a ocupar el lugar que deberían tener la libertad, el conocimiento y la democracia.
Hay miedos que llegan sin hacer ruido. No aparecen necesariamente en una amenaza explícita ni necesitan levantar la voz. A veces se instalan en una frase aparentemente inocente: mejor no decir eso, mejor no meterse, mejor esperar. Con el tiempo, esas pequeñas advertencias pueden convertirse en una forma de silencio.
María de las Mercedes Guerisoli, bióloga e investigadora de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, decidió escribir sobre ese miedo. Lo hizo desde un lugar íntimo, pero su carta termina hablando de algo mucho más grande: la relación entre ciencia, memoria, democracia y libertad.
Su relato parte de una contradicción. La ciencia, dice, nace precisamente de la capacidad de preguntar. Preguntar por qué, cómo, cuándo. Equivocarse, volver a empezar, dudar de lo que parecía evidente. El miedo, en cambio, funciona en sentido contrario: invita a callar, a esconderse, a no llamar demasiado la atención.
La tensión aparece cuando ese miedo deja de ser una sensación individual y empieza a atravesar el espacio público.
Guerisoli cuenta que, durante los últimos años, comenzó a sentir un temor diferente al que conocía como investigadora. Ya no estaba relacionado con una hipótesis que podía fallar ni con un análisis estadístico que necesitaba ser revisado. Era un miedo asociado a la injusticia, al autoritarismo y a la posibilidad de que determinadas experiencias del pasado volvieran a formar parte del presente.
La referencia a la memoria argentina no es casual. La autora habla de las voces que fueron silenciadas, de quienes todavía son buscados y de una historia que, precisamente por haber sido tan dolorosa, obliga a prestar atención cuando aparecen señales que recuerdan otros tiempos.
Pero la carta no se queda en la angustia.
Su recorrido es, en realidad, el de una transformación. El miedo entra por la puerta, ocupa espacio y paraliza. Pero después aparece otra cosa: el coraje.
No como una ausencia de miedo, sino como la decisión de actuar a pesar de él.
Esa diferencia resulta importante. En una democracia, el coraje no debería confundirse con la épica ni con la confrontación permanente. También puede ser algo mucho más sencillo: firmar una nota, participar de una movilización, defender una institución, reclamar por un derecho o negarse a aceptar que determinadas personas deban callarse para conservar su lugar.
En el caso de Guerisoli, esa decisión aparece vinculada directamente con su trabajo científico. La investigadora describe una vida en la que el laboratorio no está separado de lo que ocurre afuera. La ciencia convive con las discusiones sobre jubilaciones, despidos, derechos de los pueblos originarios, reclamos docentes y movilizaciones vinculadas con la memoria y la igualdad.
La escena dice algo importante sobre la ciencia argentina: quienes investigan no viven dentro de una burbuja.
Son trabajadores, docentes, madres, padres, estudiantes, ciudadanos. Tienen salarios, preocupaciones, familias y opiniones. Y también tienen derecho a expresar esas opiniones sin que eso convierta su tarea científica en una sospecha.
En las últimas semanas, el conflicto alrededor del sistema científico volvió a ocupar el centro de la discusión pública. Investigadores y trabajadores de organismos como el CONICET y otros espacios de investigación vienen denunciando el deterioro de las condiciones laborales y presupuestarias. Al mismo tiempo, distintas voces de la comunidad científica internacional expresaron preocupación por el rumbo de la ciencia argentina.
En ese contexto, una carta como la de Guerisoli adquiere otra dimensión.
No es un informe técnico. Tampoco pretende serlo. Es un testimonio personal sobre lo que significa hacer ciencia cuando el clima político genera incertidumbre y cuando determinadas expresiones del poder pueden producir temor.
Hay una frase que atraviesa toda la historia: el miedo puede alimentarse de injusticias, frustraciones y violencia. Pero también puede transformarse.
Esa transformación es, quizás, la idea más potente de la carta.
Porque una sociedad democrática no se sostiene únicamente con instituciones escritas en una Constitución. También necesita personas dispuestas a defenderlas cuando se sienten amenazadas. Necesita científicos que puedan preguntar, docentes que puedan enseñar, periodistas que puedan investigar y ciudadanos que puedan protestar sin que la expresión de una opinión los convierta automáticamente en enemigos.
La ciencia, en ese sentido, es mucho más que laboratorios y papers. Es una forma de relacionarse con el mundo: observar, preguntar, contrastar, reconocer errores y buscar respuestas.
Por eso una comunidad científica que siente miedo no enfrenta solamente un problema laboral. También aparece una cuestión institucional: qué condiciones necesita una sociedad para que el conocimiento pueda desarrollarse libremente.
Guerisoli termina su carta ampliando su propia identidad. Ya no habla solamente como científica. Habla como mujer, madre, trabajadora y ciudadana. En esa suma hay una idea sencilla pero poderosa: ninguna persona ocupa un solo lugar en la sociedad.
Y quizás allí esté el verdadero sentido de su relato.
El miedo puede tocar la puerta. Puede quedarse un rato. Puede incluso conseguir que alguien dude.
Pero una democracia saludable debería ofrecer algo más fuerte que el miedo: la posibilidad de abrir esa puerta, mirarlo de frente y seguir preguntando.
Porque cuando una sociedad deja de preguntar por miedo a las respuestas, el problema ya no está solamente en quien tiene miedo.
Está en todos.