Un estudio sobre microfósiles hallados en Mongolia cuestiona una de las principales referencias utilizadas para fechar el origen de los animales. Los investigadores plantean que el reino animal podría haber surgido entre 800 y 700 millones de años atrás, mucho antes de lo que indica el registro fósil.
Durante mucho tiempo, la historia del reino animal pareció tener una fecha de nacimiento relativamente clara. Los primeros fósiles corporales considerados animales aparecen hacia el final del período Ediacárico, hace unos 574 millones de años, y durante el Cámbrico la diversidad de formas de vida se multiplicó de manera extraordinaria. Pero una nueva investigación obliga a mirar mucho más atrás en el calendario de la Tierra.
El motivo está en unos microfósiles encontrados en Mongolia. El análisis de la llamada biota de Kheseen, un conjunto de organismos microscópicos excepcionalmente bien preservados, cuestiona una de las referencias utilizadas por los científicos para establecer la edad máxima posible del origen de los animales. El nuevo estudio fue publicado en Science Advances y contó con investigadores de Oxford, Berkeley, ETH Zúrich y Yale, entre otras instituciones.
La propuesta es llamativa: los animales podrían haber aparecido entre 800 y 700 millones de años atrás. Eso significaría retroceder unos 200 millones de años respecto de la primera evidencia fósil corporal inequívoca disponible actualmente. Pero hay una precisión importante: el trabajo no demuestra que existieran animales hace 800 millones de años. Lo que hace es cuestionar una de las razones utilizadas para descartar esa posibilidad.
La clave está en China. La biota de Weng’an, de unos 590 millones de años de antigüedad, contiene una extraordinaria variedad de microfósiles. Hasta ahora, la ausencia de animales inequívocos en ese depósito había sido utilizada como una especie de límite: si las condiciones de conservación eran tan buenas y no aparecían animales, se asumía que todavía no existían.
Pero la comparación con Mongolia introduce una dificultad en ese razonamiento.
La biota de Kheseen es más de 40 millones de años más joven que la de Weng’an. Sus fósiles presentan características de conservación y conjuntos de microfósiles similares. Sin embargo, para la época en que se formaron los depósitos mongoles, hace aproximadamente entre 550 y 526 millones de años, ya existían animales en distintas regiones del planeta. Por lo tanto, la ausencia de animales inequívocos en Kheseen demuestra que incluso depósitos capaces de conservar organismos con gran detalle pueden no registrar necesariamente a todos los grupos que vivían en ese momento.
Ese detalle puede parecer pequeño, pero tiene consecuencias enormes. La paleontología trabaja con una historia incompleta: la mayoría de los organismos que alguna vez existieron no dejaron fósiles y, de los que sí lo hicieron, una parte de las evidencias todavía permanece enterrada, erosionada o simplemente no fue encontrada.
Por eso, encontrar un fósil no significa solamente descubrir un organismo. También significa revisar las condiciones que permitieron que ese organismo quedara registrado.
Los investigadores estudiaron más de 140 muestras de la biota de Kheseen, incluidas localidades que no habían sido documentadas anteriormente, y utilizaron microscopía electrónica de barrido para analizar los fósiles. El objetivo era comprobar hasta qué punto este registro podía servir como referencia para establecer una edad máxima para la aparición de los animales.
El resultado llevó a los científicos a reconsiderar los llamados relojes moleculares. Estas técnicas comparan diferencias genéticas entre organismos actuales para estimar cuándo pudieron separarse sus linajes. Son una herramienta fundamental para reconstruir la historia evolutiva, pero necesitan puntos de referencia fósiles que permitan establecer límites temporales.
Si uno de esos puntos de referencia está mal elegido, todo el cálculo puede desplazarse.
El nuevo estudio sostiene que, al revisar esas calibraciones, los modelos permiten ubicar el origen de los animales en un período mucho más antiguo: entre unos 800 y 700 millones de años atrás. Esa posibilidad también abre una ventana hacia una etapa extremadamente particular de la historia del planeta.
Hace alrededor de 720 millones de años comenzó el período Criogénico, una época marcada por algunas de las glaciaciones más extremas conocidas en la historia terrestre. Durante diferentes episodios, enormes extensiones del planeta quedaron cubiertas por hielo, en escenarios que dieron lugar a la hipótesis conocida como “Tierra bola de nieve”.
Si los animales ya habían surgido antes o durante ese período, su historia evolutiva habría comenzado en un mundo muy diferente al que suele imaginarse cuando se habla de los primeros animales.
La posibilidad resulta especialmente interesante porque durante mucho tiempo se consideró que la gran expansión de los animales estaba vinculada al final de las grandes glaciaciones y al comienzo del Ediacárico. Una aparición mucho más antigua obligaría a repensar qué condiciones ambientales hicieron posible el surgimiento de los primeros animales y cómo lograron atravesar cambios climáticos extremos.
Pero los investigadores también remarcan los límites de la evidencia. Los fósiles corporales de animales anteriores al Ediacárico todavía no fueron encontrados de manera concluyente. Tampoco existe una pieza única capaz de señalar con precisión el momento exacto en que apareció el primer animal.
La búsqueda, por eso, continuará en distintos rincones del planeta. Los científicos plantean que será necesario estudiar nuevos depósitos fósiles, diferentes ambientes de conservación y otras evidencias, como rastros de actividad biológica y biomarcadores químicos.
La historia de la vida no suele avanzar como una línea recta. Es más parecida a un rompecabezas enorme en el que algunas piezas aparecen después de décadas y otras quizá nunca lleguen a encontrarse. Cada nuevo fósil puede completar una parte del dibujo, pero también puede demostrar que el dibujo que creíamos conocer estaba equivocado.
Eso es lo que ocurre ahora con Mongolia. Los fósiles de Kheseen no entregaron una fecha definitiva para el nacimiento del reino animal. Hicieron algo más interesante: demostraron que una de las fronteras que se utilizaban para buscarla ya no parece tan segura.
Y quizá la gran historia detrás de estos pequeños fósiles sea precisamente esa. Para saber cuándo comenzó el reino animal, la ciencia todavía no tiene una fecha grabada en piedra. Tiene preguntas, evidencias incompletas y millones de años por delante para seguir buscando.