La inversión no llega y aparece el límite del modelo económico de Milei

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La estabilización de la economía consiguió ordenar algunas variables, pero la inversión todavía no acompaña con la fuerza esperada. El dato expone una de las principales dificultades del programa de Javier Milei: estabilizar puede ser necesario, pero no alcanza si después no aparece producción nueva, empleo y capital.

Hay una diferencia importante entre conseguir que una economía deje de caerse y lograr que vuelva a crecer.

La primera puede ocurrir relativamente rápido cuando se ordenan determinadas variables. La segunda requiere algo bastante más difícil: que empresas y personas decidan invertir, contratar, producir y asumir riesgos mirando hacia adelante.

Ese segundo movimiento todavía no aparece con la fuerza que el Gobierno esperaba.

Según el análisis publicado por La Política Online, la inversión cayó 11,6%. El dato resulta especialmente incómodo para el programa económico de Javier Milei porque la llegada de capital productivo era una de las piezas necesarias para transformar la estabilización inicial en un proceso de crecimiento sostenido.

La cuestión es importante porque el Gobierno construyó buena parte de su estrategia económica alrededor de una idea bastante sencilla: primero ordenar las cuentas públicas, reducir la inflación y generar condiciones de estabilidad; después, la inversión privada debería responder.

Pero la economía no funciona como una fila ordenada en la que una variable aparece automáticamente después de otra.

Que la inflación baje no significa que una empresa vaya a construir una fábrica al día siguiente. Que el Estado reduzca su déficit tampoco garantiza que aparezcan nuevos puestos de trabajo. Y que exista mayor previsibilidad financiera no alcanza si todavía hay dudas sobre el consumo, los costos, el acceso al crédito o la rentabilidad futura.

Ahí aparece el problema.

Una empresa invierte cuando cree que dentro de algunos años venderá más de lo que vende hoy y que podrá recuperar el dinero destinado al proyecto. Si esa expectativa no existe, puede preferir esperar.

Y esperar también es una decisión económica.

El dato de la inversión adquiere todavía más relevancia porque Argentina necesita aumentar su capacidad productiva. No alcanza con que los precios se estabilicen si la economía no consigue generar nuevas actividades, incorporar tecnología y crear empleos de mayor productividad.

La estabilización es una condición necesaria.

Pero no es el destino final.

El Gobierno puede mostrar avances importantes en determinados indicadores macroeconómicos y, al mismo tiempo, enfrentar una pregunta incómoda sobre la economía real: ¿dónde está la inversión que debería transformar esa estabilidad en crecimiento?

La respuesta tampoco es completamente negativa.

Existen sectores que sí están recibiendo capital y que despiertan interés, especialmente energía, minería y algunas actividades vinculadas con recursos naturales. El problema es que esos movimientos todavía no necesariamente alcanzan para generar un ciclo amplio de inversión en toda la economía.

Y ahí aparece una de las grandes discusiones del modelo.

Argentina tiene una oportunidad extraordinaria alrededor de Vaca Muerta, el litio, la minería y las exportaciones agroindustriales. Pero una economía saludable necesita algo más que grandes proyectos extractivos. También necesita pequeñas y medianas empresas que inviertan, industrias que amplíen su capacidad, comercios que puedan crecer y trabajadores que encuentren oportunidades.

El crecimiento no puede medirse solamente en los dólares que ingresan para explotar un recurso.

También importa cuánto valor queda en el territorio.

Cuántos proveedores locales aparecen. Cuántas empresas nuevas se crean. Cuánto conocimiento se genera. Cuántos trabajadores consiguen empleos mejores. Cuánto aumenta la productividad.

Ese es el punto donde la discusión sobre la inversión deja de ser un asunto reservado a economistas.

Porque detrás de una inversión hay una fábrica, una obra, una máquina, una empresa que contrata o una tecnología que permite producir más.

Y detrás de la falta de inversión puede aparecer exactamente lo contrario: una economía que consigue cierta estabilidad, pero permanece pequeña, con poco empleo nuevo y sin suficiente capacidad para mejorar de manera sostenida los ingresos.

El Gobierno de Milei tiene entonces un desafío que va más allá de sostener el equilibrio fiscal.

Necesita convencer al sector privado de que vale la pena apostar por la Argentina.

Para conseguirlo no alcanza con un discurso favorable al mercado. También hacen falta reglas previsibles, seguridad jurídica, infraestructura, crédito, estabilidad macroeconómica y un mercado capaz de absorber lo que las empresas produzcan.

La paradoja es que varias de esas condiciones todavía están en construcción.

Y algunas dependen justamente del crecimiento que se busca generar.

Por eso el dato de inversión funciona como una especie de alarma temprana. No significa que el programa económico haya fracasado ni que la estabilización sea irrelevante. Significa algo más concreto: la estabilización todavía no consiguió convertirse en un ciclo robusto de expansión productiva.

Ese será probablemente uno de los grandes exámenes de la segunda etapa del Gobierno.

Bajar la inflación puede devolver previsibilidad.

Ordenar las cuentas puede reducir riesgos.

Pero finalmente alguien tiene que abrir una fábrica, ampliar una planta, comprar una máquina, desarrollar una tecnología o contratar trabajadores.

La economía empieza a cambiar de verdad cuando esas decisiones dejan de ser una promesa y se convierten en inversión.

Por ahora, ese salto todavía se hace esperar.