El incendio en el parque natural de Hautes Fagnes, en la provincia de Lieja, ya es el mayor registrado en la historia de Bélgica. Las llamas destruyeron unas 3.000 hectáreas, obligaron a evacuar a cientos de personas y movilizaron a bomberos y equipos de varios países. La lluvia comenzó a favorecer el control del fuego, pero las autoridades advierten que la emergencia está lejos de terminar.
El paisaje que normalmente define a Hautes Fagnes —bosques, mesetas y grandes extensiones verdes en el este de Bélgica— quedó transformado por un incendio que ya superó cualquier antecedente registrado en el país.
El fuego comenzó el viernes 14 de agosto y, hasta el lunes 17, había consumido cerca de 3.000 hectáreas en el parque natural, situado en la provincia de Lieja, cerca de la frontera con Alemania. Unas 600 personas fueron evacuadas y alrededor de 500 bomberos y militares participan en las tareas para contener las llamas.
La dimensión del incendio también se puede medir desde el cielo.
Una enorme columna de humo negro se extendió por la región y llegó hasta Alemania y Francia. El fuego avanzó por una zona montañosa y de difícil acceso, donde las condiciones del terreno complican el trabajo de los equipos que intentan llegar por tierra.
Durante el lunes apareció, sin embargo, una ayuda que los brigadistas necesitaban con urgencia: el clima.
Las precipitaciones débiles y un cambio favorable en la dirección del viento permitieron frenar parcialmente el avance de las llamas. Los bomberos señalaron que esas condiciones estaban ayudando a contener el incendio, aunque no significaban que estuviera controlado.
La diferencia entre una cosa y otra es importante.
Un incendio puede dejar de avanzar con rapidez y seguir siendo extremadamente peligroso. En este caso, existen sectores prácticamente inaccesibles para los vehículos terrestres donde el fuego puede permanecer activo durante días y volver a propagarse.
Por eso las autoridades belgas estiman que las tareas de extinción podrían prolongarse durante varias semanas.
El operativo adquirió además una dimensión internacional.
Hasta nueve aeronaves fueron utilizadas para combatir las llamas desde el aire. Bélgica desplegó helicópteros de su Policía Federal, mientras Suecia aportó dos hidroaviones. Alemania y Noruega enviaron otros helicópteros y Países Bajos también colaboró con medios aéreos.
La cooperación resulta especialmente importante porque el incendio se desarrolla a pocos kilómetros de Alemania.
La localidad belga de Kuchelscheid, ubicada directamente junto a la frontera, fue evacuada el sábado y sus habitantes todavía no habían podido regresar. Del otro lado de la frontera, unas 30 personas de 17 viviendas en distintos barrios de Monschau también fueron evacuadas preventivamente.
Por el momento, las autoridades alemanas consideran que el fuego no presenta un riesgo inmediato de extenderse hacia su territorio.
Pero la preocupación existe.
Alemania acaba de atravesar, además, otro incendio forestal de grandes dimensiones en la región de Eifel, que afectó unas 300 hectáreas y fue considerado el mayor incendio registrado en la historia del estado de Renania del Norte-Westfalia. La coincidencia de ambos episodios convirtió a esta parte de Europa en un escenario especialmente complejo durante agosto.
El incendio de Hautes Fagnes también vuelve a poner en discusión la vulnerabilidad de los bosques europeos frente a condiciones meteorológicas cada vez más difíciles.
El calor, la sequedad, los cambios en los vientos y la falta de humedad pueden convertir un foco localizado en una emergencia de grandes dimensiones. Y cuando las llamas alcanzan zonas naturales extensas, la tarea deja de consistir solamente en apagar el fuego: también hay que proteger poblaciones, infraestructura y ecosistemas.
Hautes Fagnes no es un bosque cualquiera.
Es una de las áreas naturales más importantes de Bélgica y alberga una extensa meseta situada alrededor del Signal de Botrange, el punto más elevado del país, de casi 700 metros de altura.
La pérdida ambiental, por lo tanto, no puede medirse solamente en hectáreas.
Cada superficie quemada representa vegetación destruida, hábitats alterados y años de recuperación por delante. La naturaleza puede reconstruirse, pero no lo hace al ritmo de una maquinaria humana.
Mientras tanto, el trabajo continúa.
Los bomberos deben enfrentarse a zonas donde no pueden ingresar fácilmente los vehículos y donde las brasas pueden mantenerse activas debajo de la superficie. Por eso el final de las llamas visibles no significará necesariamente el final de la emergencia.
El incendio ya cambió el paisaje.
Ahora queda la tarea mucho más lenta de recuperarlo.
Bélgica enfrenta una emergencia que comenzó como un incendio forestal y terminó convirtiéndose en una prueba de coordinación entre regiones y países. La lluvia ayudó a frenar el avance, pero todavía no existe espacio para hablar de victoria.
Tres mil hectáreas ya quedaron atrás.
Las próximas semanas estarán destinadas a evitar que la cifra siga creciendo.