La Provincia apuesta a utilizar recursos vinculados con la actividad hidrocarburífera, aportes municipales y fondos propios para sostener obras de agua y saneamiento. El desafío es transformar una renta extraordinaria en infraestructura básica capaz de acompañar el crecimiento de Neuquén.
Durante años, hablar de Vaca Muerta en Neuquén significó hablar de petróleo, gas, inversiones y regalías. Pero debajo de esa discusión existe otra pregunta, menos espectacular y bastante más cotidiana: qué ocurre con el agua, las cloacas y las plantas de tratamiento cuando una provincia crece a una velocidad que su infraestructura no siempre consigue acompañar.
La respuesta que ensaya el gobierno de Rolando Figueroa tiene una característica central: utilizar parte de los recursos generados por la actividad hidrocarburífera para financiar infraestructura sanitaria.
La estrategia aparece en un momento particular. Según el Gobierno provincial, al comenzar la actual gestión había cerca de 400 obras paralizadas o desfinanciadas por Nación, dentro de un déficit de infraestructura sanitaria que se arrastraba desde hacía más de una década. Ante ese escenario, la Provincia decidió asumir proyectos que corrían riesgo de quedar abandonados.
El argumento es sencillo: una provincia que produce energía para buena parte del país también necesita garantizar servicios básicos para quienes viven en ella.
Uno de los ejemplos más importantes está en Zapala. Allí se construye un sistema propio de tratamiento de efluentes mediante una inversión conjunta entre la Provincia y el municipio. Loncopué y Huinganco también forman parte de este esquema, con obras destinadas a mejorar el tratamiento de líquidos sanitarios y reducir el impacto ambiental asociado a la falta de infraestructura.
Pero el modelo no depende únicamente de las regalías.
Uno de los instrumentos utilizados es el canon que pagan las empresas hidrocarburíferas por el agua empleada en las perforaciones no convencionales de Vaca Muerta. La Provincia decidió incrementar progresivamente ese canon con un doble objetivo: obtener recursos para obras y promover una utilización más eficiente del agua mediante su reutilización y recirculación.
La idea tiene particular relevancia en un territorio donde el agua dejó de ser un asunto exclusivamente ambiental para convertirse también en una cuestión productiva y estratégica.
Vaca Muerta necesita agua.
Las ciudades también.
Y el crecimiento de la actividad petrolera puede aumentar la presión sobre un recurso que no es infinito.
Por eso el desafío no consiste solamente en recaudar más, sino en construir un vínculo más claro entre la explotación de los recursos naturales y las necesidades de la población.
La Provincia también anunció este año un esquema de 11.000 millones de pesos destinado a obras hídricas y a un fondo de infraestructura para el desarrollo de Vaca Muerta, además de acuerdos con empresas energéticas para financiar obras públicas.
Hay, entonces, una lógica de financiamiento cruzado.
El petróleo genera recursos.
Esos recursos ayudan a financiar infraestructura.
Y esa infraestructura, a su vez, permite que ciudades y actividades productivas puedan crecer con mejores servicios.
La discusión interesante aparece cuando se mira qué sucede con las obras una vez inauguradas.
Construir una planta cloacal es apenas una parte del problema. Después hay que mantenerla, repararla, renovar equipamiento y garantizar que funcione durante años.
Ese mantenimiento, según explica el Gobierno provincial, históricamente quedó relegado porque los costos necesarios no estaban contemplados dentro de las tarifas que pagan los usuarios. Ahora la Provincia asegura haber destinado fondos específicos para recuperar y sostener esas instalaciones.
El caso de la planta Tronador, en Neuquén capital, resulta especialmente significativo. Se trata de la planta de tratamiento de mayor envergadura de la Patagonia y procesa alrededor del 85% de los líquidos sanitarios de la ciudad. Además, se proyecta una última ampliación dentro del predio disponible.
También se trabaja sobre la planta del Parque Industrial y sobre el sistema de Chos Malal.
En la capital, mientras tanto, avanzan intervenciones como la refuncionalización de los pozos de bombeo 4 y 8 de calle Drury. La obra tiene una inversión de 1.020 millones de pesos y, según la Provincia, beneficiará a unas 80.000 personas. También se busca terminar la obra cloacal de calle Copahue, que permanecía paralizada desde hacía años.
Quizás el ejemplo más interesante del modelo aparezca más al sur, en Cutral Co y Plaza Huincul.
Allí la ampliación de las lagunas de tratamiento de líquidos cloacales se sostiene mediante un esquema tripartito: Provincia, Cutral Co y Plaza Huincul aportan partes iguales. El objetivo es ampliar la capacidad del sistema y extender el saneamiento domiciliario a más familias.
Ese mecanismo plantea algo importante para el federalismo provincial.
No todo tiene que salir de una sola caja.
Cuando Provincia y municipios comparten responsabilidades y recursos, una obra puede dejar de depender exclusivamente de la capacidad financiera de un único Estado. En un escenario nacional de menor participación en la obra pública, esa cooperación adquiere todavía más peso.
El problema es que este modelo también tendrá que demostrar que puede sostenerse.
La Provincia proyecta licitar otras 20 obras de agua y saneamiento por más de 100.000 millones de pesos.
Es una cifra considerable y, al mismo tiempo, una medida del tamaño de la deuda de infraestructura que Neuquén todavía tiene por delante.
Porque el crecimiento económico no se mide solamente en barriles, metros cúbicos de gas o inversiones anunciadas.
También se mide en algo bastante menos glamoroso: cuántas familias tienen agua segura, cuántas cuentan con cloacas y cuántas ciudades pueden tratar sus residuos líquidos sin poner en riesgo el ambiente.
Vaca Muerta puede convertirse en una fuente extraordinaria de recursos para Neuquén. Pero la discusión de fondo consiste en qué hace la provincia con esa riqueza.
Si la renta hidrocarburífera se transforma únicamente en más producción, el círculo queda incompleto.
Si también permite financiar agua, saneamiento, infraestructura y servicios que acompañen el crecimiento demográfico, entonces aparece una idea diferente: que los recursos del subsuelo puedan terminar mejorando la vida sobre la superficie.
Neuquén tiene por delante una oportunidad y una obligación.
La oportunidad es utilizar la riqueza de Vaca Muerta para construir la infraestructura que necesita una provincia en expansión. La obligación es conseguir que esa riqueza no termine siendo solamente una cifra en las cuentas públicas, sino también agua limpia, cloacas y mejores condiciones de vida para quienes habitan el territorio.