El colapso de un glaciar desencadenó una inundación devastadora en la frontera entre Nepal y China, arrasó poblaciones, rutas y puentes y dejó una cifra de víctimas que continúa creciendo. Los equipos de rescate trabajan contrarreloj mientras nuevas amenazas de inundación complican el operativo.
El Himalaya volvió a mostrar su dimensión más imponente y, esta vez, también su capacidad destructiva.
Una inundación repentina provocada por el colapso de un glaciar golpeó el 26 de agosto una zona fronteriza entre Nepal y el Tíbet chino. El agua, mezclada con barro, rocas y enormes cantidades de sedimentos, descendió por los valles y arrasó localidades, carreteras y puentes a su paso. Para el jueves, la cifra de muertos había llegado a 392 y más de 1.400 personas continuaban desaparecidas.
La magnitud del desastre todavía no termina de conocerse.
Las comunicaciones quedaron interrumpidas en varios sectores y numerosos caminos fueron destruidos, lo que dificulta el acceso de los equipos de emergencia a algunas de las zonas más afectadas. Entre los desaparecidos hay cientos de extranjeros que se encontraban en la región por motivos turísticos o religiosos.
El distrito nepalí de Rasuwa aparece entre los lugares más golpeados. Allí, la crecida de los ríos Bhote Koshi y Trishuli convirtió en cuestión de minutos el paisaje montañoso en un corredor de agua y escombros.
Uno de los puntos más afectados es Syabrubesi, una localidad utilizada habitualmente como paso por viajeros que recorren el Himalaya. La fuerza de la inundación destruyó infraestructura esencial y dejó comunidades prácticamente aisladas.
Del otro lado de la frontera, en la región china del Tíbet, también hubo víctimas y una enorme cantidad de personas desaparecidas. La zona de Gyirong, un paso fronterizo estratégico entre China y Nepal, sufrió graves daños.
Durante las primeras horas se llegó a especular con que un terremoto había desencadenado la tragedia. Sin embargo, las investigaciones posteriores apuntaron a otra explicación: el desprendimiento de una masa de hielo y roca provocó una avalancha que terminó generando la enorme crecida.
El fenómeno tiene una característica particularmente peligrosa.
Cuando una masa glaciar colapsa y libera de manera repentina grandes cantidades de agua, el fenómeno puede avanzar por los valles a una velocidad suficiente para dejar muy poco margen de reacción a las poblaciones ubicadas río abajo.
En el Himalaya, además, el riesgo no termina necesariamente después de la primera inundación.
Los materiales arrastrados por el agua pueden bloquear cursos fluviales y formar lagos temporales. Si esas acumulaciones de agua terminan rompiendo las barreras naturales que las contienen, pueden producirse nuevas inundaciones.
Las autoridades de Nepal y China ya emitieron advertencias por este riesgo. En una zona cercana a la frontera se formó un lago cuya evolución está siendo vigilada debido a la posibilidad de un nuevo desborde. China también informó sobre una importante acumulación de agua detrás de los escombros y advirtió que nuevas lluvias podrían agravar la situación.
Por eso los equipos de rescate trabajan en un escenario especialmente complejo.
No solamente deben buscar sobrevivientes entre pueblos destruidos y zonas cubiertas de sedimentos. También tienen que hacerlo mientras vigilan el comportamiento de los ríos y de los nuevos cuerpos de agua que aparecieron después del desastre.
La infraestructura es otro de los grandes obstáculos.
Carreteras y puentes quedaron destruidos, mientras varias instalaciones hidroeléctricas resultaron dañadas. La falta de accesos terrestres obliga a utilizar helicópteros y otros medios para llegar a comunidades aisladas y trasladar personas heridas o atrapadas.
En Nepal, además, la temporada de peregrinación hacia el monte Kailash había llevado a numerosos visitantes extranjeros a la región. Esa circunstancia explica parte de la elevada cantidad de turistas entre las personas que todavía no pudieron ser localizadas.
La tragedia vuelve a poner bajo discusión la creciente vulnerabilidad de las regiones de alta montaña.
Los glaciares del Himalaya no son estructuras inmóviles. Cambian, se fragmentan y responden a variaciones de temperatura y precipitaciones. Los científicos vienen advirtiendo que el calentamiento global puede aumentar la inestabilidad de los sistemas glaciares y elevar el riesgo de inundaciones repentinas vinculadas con lagos y desprendimientos.
Eso no significa que cada desastre pueda atribuirse directamente al cambio climático. En este caso, la causa inmediata fue el colapso glaciar. Pero el contexto climático importa porque modifica las condiciones en las que esos fenómenos ocurren y puede aumentar la vulnerabilidad de poblaciones asentadas en zonas montañosas.
La pregunta, entonces, no es solamente cómo responder cuando ocurre una catástrofe.
También es cómo anticiparla.
Sistemas de alerta temprana, monitoreo de glaciares, planificación territorial y rutas de evacuación pueden marcar la diferencia cuando una inundación puede desarrollarse en cuestión de minutos.
En Nepal y China, la prioridad inmediata sigue siendo encontrar sobrevivientes.
Pero mientras los equipos avanzan entre el barro y los escombros, la tragedia deja una advertencia que excede las fronteras del Himalaya: en un planeta que cambia, algunos de los territorios más extremos también se están convirtiendo en escenarios de riesgos cada vez más difíciles de ignorar.
La cifra de muertos todavía puede aumentar y cientos de personas continúan desaparecidas. El Himalaya no solamente perdió vidas e infraestructura: también dejó expuesto hasta qué punto una transformación silenciosa del ambiente puede convertirse, de repente, en una emergencia gigantesca.