El Instituto de Conservación de Ballenas pidió esperar los resultados de las investigaciones para determinar las causas de la mortandad de ballenas francas australes en Chubut. Mientras se detectó una bacteria en muestras de crías, las muertes recientes de ejemplares adultos podrían estar vinculadas a una marea roja, una hipótesis que todavía debe confirmarse.
La aparición de ballenas francas australes muertas en las costas de Península Valdés encendió una señal de alarma en Chubut. Durante los últimos meses se registró una cantidad inusualmente elevada de crías sin vida y, más recientemente, también aparecieron ejemplares adultos y juveniles en aguas cercanas a Puerto Madryn. Ante la preocupación de la comunidad, el Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) difundió un nuevo comunicado en el que pidió prudencia y recordó que las causas todavía están bajo investigación.
La incertidumbre es parte de un proceso científico que requiere tiempo. Los especialistas deben recolectar muestras, realizar análisis de laboratorio y comparar la información sanitaria con las condiciones ambientales de los golfos Nuevo y San José. Hasta contar con esos resultados, no es posible establecer una explicación definitiva para el conjunto de las muertes ni determinar si todos los casos responden al mismo fenómeno.
Uno de los datos más relevantes surgió del análisis de muestras de ballenatos muertos. Según informó oficialmente el Gobierno de Chubut, se detectó la presencia de la bacteria Erysipelothrix rhusiopathiae, asociada a cuadros de septicemia, una infección que puede afectar gravemente al organismo. Sin embargo, el hallazgo no permite por sí solo explicar toda la mortandad ni confirmar que la bacteria sea responsable de cada muerte registrada.
La situación de los ejemplares adultos presenta diferencias. De acuerdo con la información oficial citada por el ICB, las primeras evaluaciones no mostraron signos que permitan asociar esas muertes al mismo cuadro bacteriano detectado en las crías. Entre las hipótesis que se investigan aparece la posibilidad de una marea roja, un fenómeno natural relacionado con la proliferación de determinadas algas capaces de producir toxinas perjudiciales para la fauna marina.
Existe un antecedente en la región. En septiembre y octubre de 2022, una floración algal nociva en el Golfo Nuevo estuvo vinculada a la muerte de ballenas adultas y juveniles. La investigación de aquel episodio requirió meses de análisis y concluyó que las biotoxinas tuvieron un papel en la mortandad. Esa experiencia sirve como referencia para los estudios actuales, aunque no demuestra que la misma causa esté detrás de los casos de 2026.
Por eso, los investigadores buscan ampliar el análisis más allá de los animales encontrados sin vida. El plan contempla incorporar progresivamente muestras de agua y moluscos de los golfos Nuevo y San José para examinar las condiciones del ambiente marino y detectar posibles sustancias tóxicas. El objetivo es reunir información suficiente para evaluar las distintas hipótesis y comprender si existe una relación entre los factores ambientales y los problemas sanitarios observados.
El trabajo es coordinado por el Programa de Monitoreo Sanitario de Ballena Franca Austral, que funciona desde 2003 bajo la coordinación de la veterinaria e investigadora Marcela Uhart, junto con una red de especialistas y colaboradores de Chubut. Los equipos registran los varamientos, toman medidas de los animales, recolectan muestras biológicas y documentan las condiciones en que se encuentran los ejemplares.
La tarea se complementa con investigaciones de largo plazo sobre la población de ballenas que visita Península Valdés. Desde 1971, el Instituto de Conservación de Ballenas y Ocean Alliance realizan estudios de fotoidentificación que permiten reconocer individuos y reconstruir parte de sus historias de vida. Ese seguimiento acumula información de miles de ejemplares y ayuda a distinguir los cambios recientes de las tendencias que se desarrollan durante décadas.
La importancia de estos registros radica en que una mortandad no puede evaluarse únicamente a partir de una cifra aislada. La ballena franca austral es una especie longeva y alcanza generalmente la madurez reproductiva alrededor de los nueve años. Por esa razón, los efectos de una pérdida importante de individuos pueden extenderse en el tiempo y deben analizarse en relación con los nacimientos, la supervivencia y la evolución general de la población.
La temporada de 2026 ya había generado preocupación por la cantidad de crías muertas. En 2012 se registraron 113 ballenatos muertos, el mayor número documentado hasta entonces para esta población. Los datos preliminares de este año apuntan a un episodio que podría superar aquel registro, aunque consolidar la cifra y determinar su dimensión real requiere completar el relevamiento y evitar duplicaciones.
Las ballenas también pueden aportar información sobre el estado de los ecosistemas marinos. Su salud y sus patrones de supervivencia están relacionados con múltiples variables, entre ellas la disponibilidad de alimento, las condiciones del agua, las enfermedades y las presiones derivadas de la actividad humana. Por eso, los científicos consideran fundamental estudiar cada episodio sin reducirlo prematuramente a una sola explicación.
El caso pone de relieve la necesidad de sostener la investigación ambiental y coordinar el trabajo entre organismos científicos y autoridades públicas. La recolección de muestras, el monitoreo de las aguas y el seguimiento de los animales vivos permiten construir una visión más completa del problema. También ayudan a identificar posibles riesgos para otras especies y a orientar medidas de conservación basadas en evidencia.
Mientras continúan los estudios, las autoridades recomiendan que, ante el hallazgo de una ballena varada, viva o muerta, las personas no se acerquen ni la toquen. También es importante mantener alejadas a las mascotas y comunicar el caso a la Dirección de Fauna y Flora Silvestre o a la Secretaría de Ambiente de Chubut, al teléfono 280-4670760.
La mortandad registrada en Península Valdés exige respuestas, pero también rigor para distinguir los hechos comprobados de las hipótesis. La detección de una bacteria en las crías y la posible relación de las muertes adultas con una marea roja son pistas que deben analizarse de manera integral. Hasta entonces, la prioridad es sostener el trabajo científico y comprender qué está ocurriendo en uno de los ecosistemas marinos más importantes de la Argentina.