Auca Mahuida: ordenar el territorio donde conviven naturaleza y petróleo

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Neuquén avanzó en la actualización del plan de manejo de una de sus áreas protegidas más sensibles. El desafío no es menor: equilibrar conservación, producción y presión ambiental en el corazón de Vaca Muerta.

Hay territorios que condensan tensiones. Auca Mahuida es uno de ellos. Un área protegida de alto valor ecológico, atravesada —literalmente— por una de las zonas más dinámicas de la industria hidrocarburífera argentina. En ese cruce, la provincia dio un paso que llega tarde, pero llega: avanzar en la construcción de un plan de manejo que ordene lo que durante años funcionó con reglas difusas.

La jornada realizada en Aguada San Roque reunió a actores de distintos mundos —Estado, comunidades, sector productivo, academia— con un objetivo concreto: discutir y validar el borrador de un instrumento que, paradójicamente, el área nunca tuvo formalmente aprobado desde su creación.

Ese dato no es menor.

Durante décadas, Auca Mahuida funcionó sin una hoja de ruta clara, en un contexto donde las presiones sobre el territorio no hicieron más que crecer. La expansión de la actividad hidrocarburífera, el sobrepastoreo, la degradación de suelos y el estrés hídrico fueron moldeando un escenario donde la conservación quedó muchas veces subordinada a la urgencia productiva.

El nuevo plan —con horizonte 2026-2031— busca revertir esa lógica.

Propone algo que parece básico, pero no lo es: reglas. Zonificación interna, criterios de uso, pautas para compatibilizar actividades económicas con objetivos ambientales y una estructura de gobernanza participativa que incluya múltiples voces.

En otras palabras: ordenar un territorio donde conviven intereses distintos, y a veces contradictorios.

Auca Mahuida no es cualquier área protegida. Son más de 77 mil hectáreas que combinan ambientes del Monte y la estepa patagónica, con una biodiversidad significativa y funciones ecológicas clave, como la recarga de acuíferos. También alberga una porción importante de la población de guanacos de la provincia y conserva valores arqueológicos y paleontológicos que amplían su relevancia más allá de lo ambiental.

Pero ese valor convive con amenazas concretas.

El propio borrador del plan reconoce impactos acumulados de décadas de actividad extractiva: caminos, canteras, locaciones y pasivos ambientales que fragmentan el hábitat. A eso se suman prácticas como la caza furtiva, la presión ganadera y la degradación de recursos hídricos en un contexto de aridización creciente.

El desafío, entonces, no es solo técnico.

Es político.

Cómo regular una actividad —la hidrocarburífera— que es central para la economía provincial sin comprometer un área protegida. Cómo pasar de una lógica de excepción permanente a un esquema de reglas claras. Cómo construir acuerdos en un territorio donde cada decisión tiene impacto económico, social y ambiental.

El plan intenta responder con una arquitectura compleja: programas, subprogramas, estrategias, proyectos específicos y un esquema de control y monitoreo más robusto. Pero, como suele ocurrir, la clave no estará solo en el diseño, sino en la implementación.

Ahí es donde muchos planes fallan.

En la distancia entre lo escrito y lo que efectivamente sucede en el territorio.

En ese sentido, el proceso participativo aparece como una apuesta relevante. No solo por legitimidad, sino por viabilidad. Un plan sin consenso difícilmente se sostenga en el tiempo, especialmente en contextos donde los intereses en juego son tan intensos.

Neuquén, en los últimos años, viene intentando construir una agenda ambiental que dialogue con su matriz productiva. No es una tarea sencilla en una provincia donde Vaca Muerta redefine escalas económicas y expectativas de crecimiento.

Auca Mahuida es, en ese mapa, una especie de frontera.

Un lugar donde se prueba si es posible —o no— compatibilizar desarrollo y conservación sin que uno termine anulando al otro.

El avance del plan de manejo no resuelve esa tensión.

Pero la vuelve visible.

Y en tiempos donde el crecimiento suele medirse en barriles y exportaciones, poner el foco en cómo se gestiona el territorio también es una forma de discutir qué tipo de desarrollo se quiere construir.

Porque al final, la pregunta no es solo cómo explotar los recursos.

Sino cómo cuidar lo que queda cuando esa explotación termina.