El avance de Roberto Sánchez en Perú, impulsado por el voto rural, modificó el escenario electoral y lo acercó a la segunda vuelta. Otra vez, el interior del país aparece como una fuerza que desarma las certezas construidas desde Lima.
El escrutinio en Perú volvió a mostrar que la política del país no siempre se decide en la capital.
A medida que comenzaron a contarse los votos de las zonas rurales, el candidato de izquierda Roberto Sánchez empezó a crecer hasta desplazar al conservador Rafael López Aliaga.
Con más del 91% de las actas procesadas, Sánchez logró ubicarse en el segundo lugar y quedó en condiciones de disputar la segunda vuelta frente a Keiko Fujimori.
La escena no es nueva.
Ya había ocurrido en otras elecciones.
Primero aparecen los números de Lima.
Después llega el interior.
Y con ese conteo tardío también aparece un país distinto.
Un país muchas veces ausente en los grandes medios y en la conversación política central.
Sánchez construyó buena parte de ese crecimiento en regiones andinas y sectores populares que todavía conservan una fuerte desconfianza hacia las élites políticas tradicionales.
Su figura quedó además ligada al expresidente Pedro Castillo, de quien se presenta como heredero político.
El avance del dirigente de izquierda generó ruido inmediato en sectores conservadores.
López Aliaga denunció irregularidades y volvió a instalar sospechas sobre el proceso electoral.
Sin embargo, observadores internacionales descartaron hasta ahora evidencias concretas de fraude.
Detrás del resultado hay una discusión más profunda.
No se trata solo de una elección.
Lo que vuelve a emerger es una fractura persistente entre la Lima urbana y un interior que siente que sigue votando desde la periferia del poder.
En Perú, como en buena parte de América Latina, el voto rural no solo elige candidatos.
A veces también recuerda que existen países enteros que las capitales prefieren no mirar.