En sectores empresarios, financieros y políticos empieza a crecer una pregunta que hace algunos meses parecía imposible: qué pasa si Javier Milei deja de ser garantía de estabilidad para el propio sistema que lo sostuvo. Y ahí aparece otra vez Patricia Bullrich.
El círculo rojo nunca se enamora.
Administra riesgos.
Y cuando percibe que un liderazgo empieza a desgastarse, activa lentamente el operativo reemplazo.
Eso es lo que empieza a insinuarse alrededor de Patricia Bullrich y su creciente reposicionamiento dentro del universo libertario, en medio de un gobierno que todavía conserva poder pero acumula tensiones políticas, desgaste social y conflictos internos.
La ex ministra de Seguridad vuelve a aparecer como figura de recambio posible para sectores económicos y mediáticos que apoyaron a Javier Milei pero empiezan a mirar el 2027 con más preocupación que entusiasmo.
No porque Bullrich represente algo demasiado distinto.
Más bien al contrario.
Porque garantiza continuidad.
Orden fiscal.
Mano dura.
Alianza con mercados.
Y una dosis mucho más previsible de gestión política.
Ahí aparece la principal diferencia con Milei.
El Presidente conserva capacidad de impacto comunicacional y una base militante intensa, pero también genera incertidumbre permanente dentro de sectores empresarios que inicialmente celebraron su llegada al poder.
Las peleas internas, los escándalos alrededor de funcionarios, el deterioro económico en áreas sensibles y la lógica de confrontación constante empiezan a producir cansancio incluso entre aliados.
Bullrich intenta ocupar ese espacio.
Cerca del oficialismo, pero no completamente absorbida por el desgaste presidencial.
La dirigente construye además algo que el establishment argentino suele valorar especialmente: experiencia de poder.
Pasó por distintos gobiernos, manejó áreas sensibles y mantiene vínculos aceitados con sectores económicos, judiciales y de seguridad.
Por eso su figura empieza a circular como eventual “plan B”.
No necesariamente contra Milei.
Pero sí para después de Milei.
O incluso para un escenario donde el propio oficialismo necesite reemplazar liderazgos sin abandonar el rumbo económico actual.
La discusión refleja algo más profundo sobre la política argentina contemporánea.
La dificultad estructural del sistema para construir proyectos duraderos sin depender de figuras extremadamente personalistas.
Cuando la imagen de un líder cae, rápidamente comienza la búsqueda del próximo vehículo electoral capaz de sostener el mismo modelo con otra estética.
En ese esquema, Bullrich aparece como una dirigente funcional para sectores que temen tanto un colapso libertario como el regreso del peronismo en 2027.
Especialmente de dirigentes como Axel Kicillof, cuya imagen empezó a crecer en algunas encuestas recientes.
Todavía falta mucho para la próxima elección presidencial.
Pero en Argentina las transiciones de poder suelen empezar bastante antes de que se vote.
Primero aparecen rumores.
Después operaciones.
Más tarde los movimientos internos.
Y finalmente algo que el poder económico conoce muy bien: la necesidad de tener siempre preparado un reemplazo antes de que el liderazgo actual termine de caer.