Cuando el Estado se retira, el cine busca otras cámaras para seguir filmando

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La Academia de Cine Argentina y Netflix lanzaron Laboratorio IMPULSAR, un programa federal destinado a jóvenes realizadores que buscan desarrollar nuevos proyectos audiovisuales. La iniciativa aparece en un momento de fuerte retracción del financiamiento público para el cine y plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con una industria cultural cuando el Estado deja de ocupar el lugar que históricamente tuvo?

Hay momentos en los que una industria no desaparece de golpe.

Simplemente empieza a filmar menos.

Eso es lo que atraviesa buena parte del cine argentino. Mientras las grandes plataformas internacionales continúan encontrando historias y profesionales locales para sus producciones, buena parte de los proyectos independientes enfrenta un escenario mucho más estrecho que algunos años atrás.

En ese contexto nació Laboratorio IMPULSAR, una iniciativa de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina junto con el Fondo Netflix para acompañar a nuevas generaciones de realizadores.

La propuesta recibió 125 proyectos y seleccionó 14 para una instancia de formación y desarrollo. Participan equipos de distintas provincias, entre ellas Córdoba, Tucumán, La Rioja, Mendoza y Santa Fe, además del Área Metropolitana de Buenos Aires.

El programa combina tutorías, talleres y mentorías vinculadas con dirección, producción, montaje, fotografía, sonido y música. También contempla financiamiento para realizar un teaser o tráiler y una etapa presencial en Buenos Aires, donde los proyectos podrán vincularse con productoras de la industria nacional.

La idea, según explicaron desde la Academia, no es crear otra escuela de cine.

Es intentar abrir una puerta.

Y en una industria donde conseguir financiamiento suele ser uno de los obstáculos más difíciles para quienes recién comienzan, una puerta puede significar bastante.

El dato más interesante, sin embargo, aparece cuando se observa el contexto en el que surge el programa.

La política cinematográfica argentina atraviesa una profunda transformación desde la llegada de Javier Milei al Gobierno. El INCAA sufrió cambios institucionales y una fuerte reducción de los recursos destinados al fomento de la producción audiovisual. Un análisis de Chequeado señala que los fondos públicos destinados al cine cayeron un 81,8% en 2025 respecto de 2023.

La discusión no es nueva.

Durante años hubo cuestionamientos sobre cómo se utilizaban los recursos del INCAA, qué películas recibían financiamiento, cuántas llegaban efectivamente al público y cuánto podía sostenerse un sistema de subsidios en un mercado atravesado por cambios tecnológicos.

Pero discutir la eficiencia de una política pública no es exactamente lo mismo que eliminarla.

Y allí aparece el verdadero debate.

El cine no es solamente entretenimiento. También es una industria que genera empleo en múltiples sectores: técnicos, actores, guionistas, productores, maquilladores, vestuaristas, transportistas, especialistas en sonido, profesionales de la postproducción y una larga cadena de actividades que existe detrás de cada película.

Cuando una producción se detiene, el impacto tampoco queda encerrado en una sala de cine.

Se extiende hacia toda esa red.

La Argentina, además, tiene una tradición cinematográfica que excede ampliamente sus fronteras. Sus películas, actores y directores forman parte de una identidad cultural reconocida internacionalmente.

Por eso la discusión sobre el financiamiento tiene también una dimensión federal.

No todas las historias nacen en Buenos Aires.

El laboratorio IMPULSAR intenta justamente ampliar ese mapa. Entre los proyectos seleccionados aparecen historias vinculadas con diferentes regiones del país, con la intención de que la producción audiovisual pueda reflejar culturas, paisajes y experiencias que muchas veces tienen menos posibilidades de llegar a las pantallas nacionales.

Ahí aparece una de las grandes ventajas del cine.

Puede contar un país que las estadísticas no alcanzan a mostrar.

Una película filmada en Córdoba puede hablar de Córdoba, pero también puede hablar de la Argentina. Una historia nacida en Tucumán puede llevar una experiencia local a espectadores que viven a miles de kilómetros.

La cultura funciona, en ese sentido, como una especie de mapa emocional.

Y perder diversidad en ese mapa también significa perder parte de lo que un país puede contar sobre sí mismo.

La participación de Netflix introduce, a la vez, una paradoja.

Una de las plataformas audiovisuales más grandes del mundo aparece ahora como aliada de nuevos cineastas argentinos precisamente cuando el financiamiento estatal atraviesa uno de sus momentos más débiles.

Desde la Academia aseguran que Netflix no se quedará con la propiedad intelectual de los proyectos y que la iniciativa no pretende reemplazar al Estado.

Pero la pregunta permanece.

¿Puede una empresa privada ocupar el espacio que deja una política pública?

La respuesta probablemente sea no.

Una plataforma puede financiar proyectos, formar talentos y generar oportunidades. También puede beneficiarse de que exista una industria audiovisual local con profesionales capacitados y buenas historias.

Pero sus decisiones responden, inevitablemente, a una lógica empresarial.

El Estado, en cambio, tiene otra responsabilidad: garantizar políticas culturales de largo plazo, incluso para proyectos que quizás nunca sean grandes éxitos comerciales.

Ahí está la diferencia entre una inversión y una política cultural.

Una empresa puede apostar por una película porque encuentra potencial en ella.

Un Estado puede decidir que también vale la pena preservar una lengua, una memoria, una región o una mirada que no necesariamente tiene un mercado asegurado.

Eso no significa que toda película deba recibir financiamiento público.

Significa que una sociedad puede decidir que algunas expresiones culturales tienen un valor que no se mide solamente por su rentabilidad.

El desafío argentino está en encontrar un equilibrio que combine transparencia, profesionalización y resultados con una verdadera política de promoción cultural.

Mientras esa discusión sigue abierta, los jóvenes cineastas continúan buscando caminos.

Algunos encuentran una oportunidad en un laboratorio.

Otros intentarán hacerlo mediante productoras independientes, fondos internacionales o plataformas.

Y muchos probablemente abandonen el camino si no encuentran cómo sostenerlo.

Ese último punto es el que menos aparece en las estadísticas.

Una industria cultural también se construye con generaciones.

Si una camada de jóvenes deja de estudiar cine porque no encuentra ninguna posibilidad de filmar, el daño no se ve inmediatamente. Aparece años después, cuando faltan directores, técnicos, guionistas y productores capaces de renovar el sector.

IMPULSAR intenta evitar precisamente ese vacío.

Catorce proyectos llegaron a la instancia final después de que 125 equipos se animaran a presentar sus historias. Son apenas 14 oportunidades, pero también 14 recordatorios de que todavía existe gente dispuesta a imaginar películas en un momento en que hacerlas se volvió mucho más difícil.

El cine argentino no necesita que alguien le enseñe a contar historias.

Eso ya lo sabe hacer.

Lo que necesita es que esas historias encuentren las condiciones para convertirse en películas.

Y cuando el Estado reduce su presencia, aparecen alianzas privadas, academias, plataformas y organizaciones intentando cubrir parte de ese espacio.

Pueden ayudar.

Pero una industria cultural de alcance nacional difícilmente pueda depender para siempre de quién decida abrir la billetera.

Porque una película también es una forma de memoria.

Y un país que deja de financiar las herramientas para contar sus propias historias corre el riesgo de terminar mirando su identidad desde la pantalla de otro.