El misterio genético de los perros de Chernóbil empieza a resolverse: qué descubrieron los científicos

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Un estudio analizó el ADN de 63 perros que viven en las inmediaciones de la antigua central nuclear y encontró señales compatibles con procesos de selección natural. Las diferencias genéticas son evidentes, pero todavía no está demostrado que sean una adaptación a la radiación.

Desde el accidente nuclear del 26 de abril de 1986, la zona de exclusión de Chernóbil se convirtió en un territorio marcado por la ausencia humana y la persistencia de la contaminación. Sin embargo, la vida animal continuó su curso. Entre las especies que permanecieron allí se encuentran cientos de perros descendientes, según las investigaciones, de las mascotas que sus familias debieron abandonar durante la evacuación.

Casi cuatro décadas después de la catástrofe, esos animales ofrecen una oportunidad excepcional para estudiar cómo evolucionan las poblaciones que habitan ambientes contaminados durante varias generaciones. Una nueva investigación comenzó a despejar parte del misterio de sus características genéticas, aunque también dejó preguntas abiertas sobre el verdadero papel de la radiación.

El trabajo, publicado en la revista científica Genes, examinó los genomas de 63 perros: 33 que viven cerca de la central nuclear y otros 30 que habitan en la ciudad de Chernóbil, situada a unos 16 kilómetros. Los resultados confirmaron que ambos grupos presentan diferencias genéticas importantes, pese a la corta distancia que los separa.

La particularidad ya había sido detectada en investigaciones anteriores. Los perros de la ciudad comparten características genéticas con poblaciones de Rusia y Polonia, mientras que los que viven junto a la planta nuclear muestran un perfil diferente. Algunas de esas variaciones aparecen en regiones relacionadas con la reparación del ADN y otros procesos celulares.

Durante un tiempo, una de las explicaciones posibles fue que la exposición prolongada a la radiación hubiera provocado una acumulación de mutaciones. Sin embargo, un estudio publicado en 2024 no encontró pruebas de que los perros cercanos a la central presentaran una mayor tasa de mutaciones que los de la ciudad. Esa conclusión llevó a los investigadores a explorar otros mecanismos capaces de explicar las diferencias.

La nueva investigación se concentró en dos posibilidades: la deriva genética y la selección natural. La primera describe los cambios que pueden producirse por azar en la frecuencia de determinadas variantes genéticas, especialmente en poblaciones pequeñas. La segunda ocurre cuando ciertas características hereditarias favorecen la supervivencia y la reproducción de algunos individuos, haciendo que esas variantes se vuelvan más frecuentes con el paso de las generaciones.

Los científicos encontraron señales que respaldan con mayor fuerza la segunda hipótesis. En la población que vive junto a la central identificaron indicios de selección direccional en más de un centenar de regiones del genoma. Algunas se encuentran próximas a genes relacionados con la reparación del ADN, la respuesta inmunitaria, el ciclo celular y procesos vinculados con el desarrollo del cáncer.

El análisis también permitió reconstruir parte de la historia de estos animales. Los investigadores detectaron señales compatibles con una reducción de la población de perros cercana a la central hace entre 35 y 40 generaciones, un período que coincide aproximadamente con las consecuencias del accidente y las posteriores operaciones de eliminación de animales domésticos que habían quedado en la zona.

Sin embargo, los resultados no mostraron la pérdida de diversidad genética que cabría esperar si la deriva genética hubiera sido el principal mecanismo responsable de las diferencias. Otra comparación sorprendió al equipo: los perros de la ciudad de Chernóbil presentaron mayor semejanza genética con ejemplares de las islas Galápagos que con los que viven cerca de la planta nuclear.

Megan Dillon, autora principal del estudio, señaló que los resultados muestran patrones compatibles con la selección natural, aunque aclaró que todavía no es posible confirmar definitivamente ese proceso. La presencia de determinadas señales en el ADN constituye una pista científica, no una demostración concluyente de que los animales hayan desarrollado una resistencia especial.

Esa distinción resulta fundamental. Los investigadores todavía no pueden afirmar que la radiación sea la causa directa de las diferencias genéticas. Los perros de ambos lugares también pueden estar expuestos a condiciones distintas de alimentación, enfermedades y otros contaminantes ambientales. Por eso, separar los efectos específicos de la radiación de los demás factores representa uno de los principales desafíos de la investigación.

El genetista Matthew Breen, uno de los autores del trabajo, planteó que algunos de los animales que sobrevivieron a las primeras etapas posteriores al accidente podrían haber tenido variantes genéticas que les otorgaban ciertas ventajas. Esas características podrían haberse transmitido a sus descendientes y extendido a lo largo de las generaciones, sin necesidad de que aparecieran nuevas mutaciones.

Otros especialistas mantienen una posición más cautelosa. Jim Smith, investigador de la Universidad de Portsmouth que no participó del estudio, advirtió que resulta muy difícil determinar cuánto influyó la radiación en un ambiente donde también existen otros factores capaces de afectar la supervivencia y la reproducción.

La investigación continuará. Timothy Mousseau, otro de los científicos involucrados, estudia poblaciones de perros que viven en las islas Marshall y en zonas vinculadas con antiguos ensayos nucleares soviéticos, con el objetivo de ampliar las comparaciones sobre los efectos de la contaminación ambiental a largo plazo.

Por ahora, los perros de Chernóbil no pueden considerarse animales inmunes a la radiación ni está demostrado que hayan desarrollado una adaptación específica frente a ella. Lo que sí muestran sus genomas es que las poblaciones pueden experimentar transformaciones profundas cuando atraviesan durante generaciones condiciones ambientales extraordinarias.

Casi 40 años después de la catástrofe, la zona de exclusión continúa funcionando como un laboratorio natural para la ciencia. Y los perros que permanecieron allí, lejos de ofrecer una respuesta sencilla sobre los efectos de la radiación, recuerdan que la evolución es un proceso complejo, en el que el ambiente, la herencia y el azar se combinan de maneras que todavía estamos aprendiendo a comprender.