El peronismo frente a su propia encrucijada

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El peronismo vuelve a quedar atrapado entre su historia y la necesidad de construir una alternativa para el futuro: Kicillof aparece como el dirigente con mayor proyección, pero detrás de su figura persisten las tensiones que atraviesan al movimiento.

Hay algo que el peronismo sabe hacer como pocos espacios de la política argentina: sobrevivir a sus propias contradicciones. Puede atravesar derrotas, cambios de época, crisis internas y hasta gobiernos ajenos que intentan desplazarlo del centro de la escena. Sin embargo, esa capacidad de resistencia también tiene un costo: muchas veces posterga las discusiones que tarde o temprano vuelven a aparecer.

La pregunta que enfrenta ahora no es solamente quién será su próximo candidato. Es bastante más incómoda: qué significa ser peronista en la Argentina que dejó la llegada de Javier Milei.

Axel Kicillof aparece hoy como el dirigente con mayores posibilidades de encabezar una reconstrucción nacional. Su posición como gobernador de la provincia de Buenos Aires, el distrito electoral más grande del país, le otorga una plataforma que ningún otro dirigente del espacio puede ignorar. También cuenta con una identidad propia, una estructura territorial y una relación con sectores del electorado que todavía encuentran en el peronismo una representación política.

Pero convertir esa fortaleza en una candidatura presidencial no resuelve automáticamente el problema. El peronismo continúa atravesado por distintas tradiciones, liderazgos e intereses que conviven bajo una misma etiqueta, aunque no siempre compartan la misma idea sobre el futuro.

Durante décadas, esa amplitud fue una de sus mayores ventajas. El peronismo pudo contener sindicalistas, gobernadores, movimientos sociales, sectores empresariales, dirigentes conservadores y corrientes progresistas. Esa capacidad para reunir diferencias fue una de las claves de su permanencia. El problema aparece cuando esas diferencias dejan de funcionar como una convivencia y empiezan a convertirse en una disputa permanente por definir quién tiene derecho a representar al movimiento.

La derrota electoral de 2023 profundizó esa discusión. Milei no solamente ganó una elección: también logró ocupar una parte importante del malestar social que históricamente podía canalizar la oposición al orden establecido. El peronismo quedó obligado a preguntarse por qué una porción significativa de trabajadores, jóvenes y sectores populares decidió buscar una alternativa por fuera de sus estructuras tradicionales.

Ahí aparece el verdadero desafío para Kicillof y para quienes pretendan reconstruir al peronismo. No alcanza con recordar los derechos conquistados ni con señalar los problemas del actual Gobierno. Una oposición puede denunciar el presente, pero para convertirse en alternativa necesita ofrecer una idea convincente de futuro.

También deberá resolver qué lugar ocupa Cristina Kirchner en esa nueva etapa. Su liderazgo conserva peso político y simbólico, pero el peronismo enfrenta una generación de dirigentes que necesita construir su propio camino. La discusión no debería reducirse a una pelea entre nombres, sino a una transición política que tarde o temprano tendrá que producirse.

El riesgo es que el movimiento vuelva a confundir unidad con unanimidad. Una coalición amplia no necesita que todos piensen igual, pero sí necesita algunas certezas compartidas. Defender la democracia, recuperar el crecimiento, mejorar los ingresos, reconstruir la educación y la salud públicas y ofrecer seguridad sin abandonar los derechos pueden ser puntos de partida para una identidad renovada.

El peronismo todavía conserva una enorme capacidad territorial y electoral. Pero ninguna estructura garantiza eternamente la representación de una sociedad. Las identidades políticas sobreviven cuando consiguen interpretar los cambios de su tiempo, no cuando simplemente repiten las respuestas de otra época.

La verdadera disputa que viene, entonces, no será solamente por la candidatura presidencial. Será por el sentido del peronismo después de Milei. Y allí Kicillof puede ser una pieza importante, pero difícilmente pueda resolver por sí solo una pregunta que pertenece a todo el movimiento: si quiere administrar una identidad heredada o volver a construir una propuesta capaz de convencer a una sociedad que ya cambió.