La irregularidad de los créditos a empresas pasó del 0,7% al 3,7% en menos de dos años, mientras las pequeñas y medianas empresas concentran el mayor deterioro y enfrentan más dificultades para sostener sus pagos y acceder a nuevo financiamiento.
La crisis del crédito dejó de ser un problema exclusivamente de los hogares. En las empresas también empieza a aparecer una señal que suele llegar después de otros síntomas de una economía debilitada: cada vez más firmas tienen dificultades para cumplir con sus obligaciones financieras.
Según un informe de la consultora Equilibra, la irregularidad de los préstamos empresariales pasó del 0,7% en noviembre de 2024 al 3,7% en julio de 2026. Es decir, se multiplicó por más de cinco en menos de dos años y alcanzó su nivel más elevado desde la pandemia.
El deterioro también puede verse en la cantidad de empresas afectadas. Las personas jurídicas con incumplimientos de más de 90 días pasaron de unas 16.200 a casi 37.500 en el mismo período. El dato no implica que todas esas empresas estén al borde del cierre, pero sí muestra un aumento significativo de las dificultades para sostener el financiamiento.
El fenómeno ocurre, además, mientras el crédito a las empresas creció durante los últimos años. El stock de préstamos pasó de representar el 5,7% del PBI a fines de 2023 al 9,8% a mediados de 2026, impulsado especialmente por el financiamiento en dólares.
Pero el acceso al crédito no se distribuye de la misma manera. Las grandes compañías concentran la mayor parte del dinero prestado y presentan niveles de mora considerablemente menores. En los préstamos superiores a $3.800 millones, la irregularidad alcanza el 1,8%, mientras que en los créditos inferiores a $5 millones llega al 9,3%.
Esa diferencia coloca a las pymes en el centro del problema. Son las empresas que cuentan con menos margen para absorber una caída de las ventas, un aumento de los costos o un atraso en los cobros. Además, el sistema financiero comenzó a endurecer los requisitos para otorgar nuevos préstamos, lo que puede convertir una dificultad de corto plazo en un problema mucho más prolongado.
La construcción y el comercio aparecen entre las actividades más golpeadas, con niveles de mora del 7,7% y 6,5%, respectivamente. La industria manufacturera registra un 3,7%, mientras que textiles y cueros alcanzan el 14,6%. En el otro extremo, minería y energía presentan niveles inferiores al 0,5%.
La tensión también se trasladó a la cadena de pagos. De acuerdo con relevamientos citados por el Observatorio PyME, entre el tercer trimestre de 2025 y el segundo trimestre de 2026 se duplicó la proporción de pequeñas y medianas empresas que registraron al menos un pago atrasado, del 12% al 24%. Los atrasos alcanzan tanto a proveedores como al pago de impuestos y obligaciones financieras.
El problema aparece en un contexto de menor actividad y consumo, especialmente para las empresas más pequeñas. Durante el segundo trimestre de 2026, la producción pyme cayó 3,6% frente al trimestre anterior y 11% interanual, según datos de la Fundación Observatorio PyME citados en los relevamientos.
La fotografía deja una paradoja incómoda para la economía argentina: el crédito empresario creció, pero también lo hizo con fuerza la dificultad para devolverlo. Para las grandes compañías puede existir mayor capacidad de refinanciación y acceso a distintas fuentes de financiamiento. Para una pyme, en cambio, un atraso en las ventas o una deuda que se acumula puede poner en juego toda la continuidad del negocio.
La mora empresarial, por eso, funciona como algo más que un indicador financiero. Es una señal sobre la salud de la economía real. Si las pequeñas empresas venden menos, pagan más tarde y encuentran cada vez más obstáculos para financiarse, el problema deja de estar encerrado en los balances bancarios y empieza a recorrer la calle, los comercios, las fábricas y el empleo.