En una jugada de alto voltaje geopolítico, el Parlamento iraní aprobó este domingo una resolución para cerrar el Estrecho de Ormuz, uno de los pasos marítimos más estratégicos del planeta. La medida, que aún debe ser instrumentada por el Ejecutivo pero ya cuenta con el aval político, es leída como una represalia directa tras los ataques militares de Estados Unidos contra instalaciones nucleares en Irán y eleva el conflicto regional a un nuevo nivel de tensión global.
El Estrecho de Ormuz es la arteria por la que transita aproximadamente el 30% del petróleo que circula en el comercio internacional, especialmente desde los gigantes petroleros del Golfo Pérsico como Arabia Saudita, Irak, Kuwait y Emiratos Árabes. Su cierre no solo paralizaría rutas clave de exportación, sino que impactaría de forma inmediata en el precio del crudo y los mercados globales, con consecuencias económicas para todos los países consumidores —incluida Argentina.
La decisión parlamentaria, avalada por el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, fue presentada como un acto “de defensa nacional ante el terrorismo imperialista”, según expresaron voceros del bloque conservador. Si bien aún no se detectó un bloqueo físico efectivo, fuentes internacionales confirmaron un incremento sustancial de buques militares iraníes en la zona y advertencias explícitas a petroleros de bandera estadounidense o británica.
El impacto no tardó en llegar: los mercados asiáticos cerraron con alza en el barril Brent por encima de los 100 dólares, y se espera que esta semana los precios internacionales se disparen. El temor no solo reside en el alza inmediata, sino en la posibilidad de que esta medida desate un efecto dominó en toda la región, arrastrando a otras potencias del Golfo a endurecer su postura o responder militarmente.
Las reacciones internacionales fueron dispares. China y Rusia instaron a una solución “negociada y dentro del marco de la ONU”, mientras que la Unión Europea expresó “grave preocupación” por el uso del comercio de energía como arma política. Estados Unidos, por su parte, advirtió que un bloqueo total “no será tolerado” y ya movilizó una flota adicional hacia el mar Arábigo.
En América Latina, el efecto de este cierre ya se percibe como una tormenta que se gesta lejos, pero cuyas consecuencias económicas pueden sentirse en cada surtidor. Argentina, por ejemplo, que importa buena parte de sus combustibles refinados, podría enfrentar en las próximas semanas nuevas alzas en los precios de la nafta y el gasoil, golpeando aún más el bolsillo de una población ya ajustada por la inflación.
En un mundo cada vez más interconectado, el cierre del Estrecho de Ormuz no es solo una disputa local. Es, también, un recordatorio brutal de cómo la geopolítica del petróleo puede torcer el destino de millones de personas —incluso a 14 mil kilómetros de distancia.