La camiseta en tiempos de Milei

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Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

*Por Jordi W. Aguiar Burgos

CAPITULO 1: VOLVER

Él no.

La última vez que durmió en esa pieza tenía 19 años. Ahora tiene 52.

El placard sigue siendo el mismo, de madera oscura, pesado, como si hubiera sido construido para durar más que las personas. También la ventana que da al patio. También el viejo póster de fútbol pegado torcido sobre la pared, desteñido en los bordes, como si el tiempo hubiera ido masticándose de a poco los colores. También esa humedad amarillenta en el techo, en la esquina donde siempre aparecía una mancha en invierno, cuando el frío se metía por todos lados y la casa parecía crujir de noche.

Él cambió. Muchísimo.

La espalda, las ojeras, el cansancio. La forma de caminar. La manera de quedarse callado.

Hoy se cumplen diez años desde que murió su padre.

Lo piensa mientras mira a su madre, jubilada, silenciosa, sentada frente a una televisión que ya casi no mira, pero que le hace compañía. El comedor también es distinto desde que murió el viejo. Más chico, aunque tenga los mismos metros. Más oscuro. Más quieto. Como si la ausencia ocupara lugar.

La casa tiene olor a café recalentado, a comida guardada en taperes de heladera, a esa mezcla de lavandina, sopa y encierro que tienen las casas donde vive gente mayor. Un olor que Fernando reconoce de inmediato porque, en el fondo, se parece al miedo. Al miedo de enfermarse, de quedarse solo, de no llegar a fin de mes.

Sentado frente a la computadora, navega. Aunque la palabra correcta sería otra: flota. Deriva. Naufraga.

Va de una pestaña a otra. Mercadolibre. Noticias económicas. Cotización del dólar. Riesgo país. Whatsapp Web abierto, sin mensajes nuevos. Afuera ya es de noche, pero en la pieza apenas entra la luz azulada de la pantalla y la lámpara baja del velador que sigue apoyado sobre la misma mesa de luz de hace treinta años.

Fernando va y viene entre publicaciones de cámaras usadas, consolas viejas, camisetas firmadas, monedas antiguas. Cosas que otros venden porque necesitan plata.

Cosas que hace unos años él hubiera comprado por gusto, por nostalgia o por capricho.

Ahora sólo calcula.

Calcula cuánto vale esto.
Calcula cuánto dura aquello.
Calcula cuántos meses más puede aguantar.

Porque vivir en la Argentina de ahora es un poco eso: hacer cuentas con la misma desesperación con la que antes se hacían planes. Ya nadie piensa demasiado en comprarse algo. La gente piensa en llegar. En sostener. En sobrevivir sin tener que rifar la dignidad en cuotas.

Y, sin embargo, siempre hay algo más para vender.

Una guitarra.
Un reloj.
Una cadena.
Los discos.
La colección de figuritas.
La Play.

Hasta que un día, claro, aparece lo otro.

Lo que no se vende.

Enfrente de él, colgado sobre la pared, está el cuadro.

La camiseta azul del Napoli.

La de la final de la Copa UEFA del 89.

La que Diego les regaló a él y a su padre después de que le mostraran un banderín argentino en medio de toda esa multitud italiana. La misma camiseta que años después lograron hacerle firmar en Segurola y Habana.

La firma, negra y temblorosa, todavía cruza el pecho.

Fernando la mira con los ojos vidriosos, como si toda su infancia pasara por ahí adentro, fugaz, líquida, imposible de agarrar.

Y mientras la mira siente que ahí está todo.

Su padre llegando tarde del trabajo con las manos destruidas.

Los domingos de pelota en la vereda.

El viaje a Nápoles. El ahorro de toda una vida. El sueño de su padre convertido en recuerdo.

La voz del viejo gritándole:

—Mirá, mirá, ahí está Diego.

Porque Diego era eso. No solamente un jugador. Era una manera de creer que los nuestros también podían. Que un pibe salido de una villa podía pararse frente al mundo y torcerle el brazo al poder, aunque fuera por noventa minutos.

Por eso duele tanto este país.

Porque hay algo obsceno en una Argentina donde la gente ya no vende las cosas que le sobran, sino las cosas que ama.

La camiseta lo mira desde el cuadro como miran las cosas que uno juró no vender nunca.

Y Fernando, por primera vez en su vida, empieza a preguntarse cuánto vale su mejor recuerdo cuando ya no le queda nada más.