La guerra en Medio Oriente elevó el precio de la energía y volvió a poner presión sobre la inflación, mientras los bancos centrales enfrentan el dilema de contener los precios sin profundizar la desaceleración económica.
La economía mundial logró evitar, hasta ahora, algunos de los escenarios más graves que se habían previsto tras el comienzo de la crisis energética vinculada con la guerra en Irán. Sin embargo, el impacto sobre los precios del petróleo, los combustibles y otras fuentes de energía comienza a generar nuevas tensiones sobre una economía que ya arrastraba dificultades.
El problema central es que el aumento del costo energético puede trasladarse rápidamente al resto de la economía. Cuando sube el precio del petróleo, aumentan los costos del transporte y de numerosas actividades industriales, y esa presión puede terminar llegando a los precios que pagan los consumidores.
La situación también complica a los bancos centrales. Si la inflación vuelve a acelerarse, las autoridades monetarias tienen menos espacio para reducir las tasas de interés o sostener políticas destinadas a estimular el crecimiento. Por el contrario, una política monetaria más restrictiva puede encarecer el crédito y enfriar todavía más la actividad económica.
Ese es el dilema que atraviesa a buena parte del mundo: contener la inflación sin provocar una desaceleración mayor. Durante los últimos meses, muchas economías habían conseguido atravesar el shock energético mejor de lo esperado, pero la prolongación del conflicto vuelve a modificar el escenario y suma nuevos riesgos.
La energía ocupa un lugar particular porque no afecta solamente a los hogares. Las empresas necesitan combustible para transportar mercadería, producir bienes y mantener sus cadenas de suministro. Un incremento prolongado de los costos puede reducir los márgenes empresariales, retrasar inversiones y terminar afectando el nivel de empleo.
Los países importadores de energía son especialmente sensibles a este escenario. Un petróleo más caro significa que deben destinar más recursos a comprar energía en el exterior, mientras que las economías exportadoras pueden recibir mayores ingresos. La consecuencia es una redistribución internacional de recursos que también puede modificar los movimientos de capital y las monedas.
La crisis además llega en un momento en que las autoridades económicas tienen menos herramientas disponibles que durante otras emergencias. Después de años de inflación elevada y tasas de interés altas, volver a utilizar estímulos monetarios de gran magnitud puede resultar más difícil sin generar nuevas presiones sobre los precios.
La incertidumbre tampoco queda limitada al mercado energético. La guerra agrega riesgos para el comercio internacional, las cadenas de abastecimiento y las expectativas de empresas e inversores. Incluso cuando un país consigue evitar una interrupción directa del suministro, la volatilidad internacional puede afectar sus costos y sus decisiones económicas.
Para las economías emergentes, el escenario puede ser todavía más complejo. Una combinación de petróleo caro, tasas internacionales elevadas y mayor incertidumbre financiera puede encarecer el acceso al crédito y aumentar la presión sobre las cuentas externas. Los efectos, sin embargo, dependen de la estructura productiva y energética de cada país.
La economía global consiguió hasta ahora absorber parte del impacto de la crisis, pero el nuevo escenario deja menos espacio para errores. El desafío ya no consiste solamente en evitar una nueva aceleración de los precios, sino en hacerlo sin convertir el remedio en una nueva fuente de estancamiento.