La guerra de la inteligencia artificial ya no se juega solo en los laboratorios

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Estados Unidos y China concentran buena parte de la capacidad tecnológica necesaria para liderar la nueva carrera por la inteligencia artificial. Ahora la disputa empieza a empujar a otros países a elegir alianzas, mientras el acceso a chips, modelos y recursos estratégicos se convierte en una cuestión de poder global.

Durante décadas, las grandes disputas internacionales se midieron con territorios, ejércitos, petróleo o armas nucleares. En el siglo XXI, una parte cada vez mayor de esa competencia ocurre en lugares bastante menos visibles: centros de datos, laboratorios universitarios, fábricas de semiconductores y servidores capaces de procesar cantidades enormes de información.

La inteligencia artificial se convirtió en uno de los principales escenarios de esa nueva disputa. Y hay dos protagonistas que llevan una ventaja considerable: Estados Unidos y China.

Según datos citados por Deutsche Welle, ambos países concentran alrededor del 90% de la capacidad computacional mundial utilizada para desarrollar los modelos más avanzados. Estados Unidos mantiene una ventaja importante, mientras China intenta reducir la distancia mediante modelos más eficientes, baratos y, en varios casos, de código abierto.

Pero la carrera no consiste solamente en crear el chatbot más inteligente.

Detrás de cada modelo de IA existe una cadena industrial gigantesca. Se necesitan semiconductores avanzados, centros de datos, electricidad, minerales estratégicos, sistemas de refrigeración, redes de comunicación y enormes cantidades de capital. Controlar esa infraestructura significa tener capacidad para decidir quién puede desarrollar determinadas tecnologías y quién tendrá que depender de otros.

Ahí es donde la competencia entre Washington y Beijing empieza a adquirir una dimensión geopolítica.

Estados Unidos está intentando limitar el acceso chino a determinadas tecnologías avanzadas, especialmente en el terreno de los semiconductores. China, por su parte, busca reducir su dependencia tecnológica y ampliar su influencia mediante modelos abiertos, infraestructura y cooperación con países del denominado Sur Global.

El problema es que esa disputa ya no queda encerrada dentro de las dos potencias.

Un número creciente de países se encuentra frente a una elección incómoda. Vincularse con Estados Unidos puede significar acceso a algunas de las empresas y tecnologías más avanzadas del sector occidental. Acercarse a China puede abrir otras puertas, especialmente en materia de infraestructura, modelos de código abierto y cooperación tecnológica.

Y para países medianos, esa decisión puede tener consecuencias que van mucho más allá de la tecnología.

América Latina aparece en una posición particularmente delicada. La región necesita inversión, infraestructura digital y acceso a tecnologías que permitan aumentar la productividad, mejorar servicios públicos y desarrollar nuevas industrias. Al mismo tiempo, posee recursos estratégicos —desde minerales hasta energía— que resultan cada vez más importantes para la economía tecnológica.

La cuestión, entonces, no debería reducirse a preguntar quién ganará la carrera entre Estados Unidos y China. También habría que preguntarse qué margen de decisión tendrán los demás.

Porque existe un riesgo evidente en convertir la inteligencia artificial en otro territorio dividido entre bloques. La tecnología puede convertirse en una herramienta de cooperación científica y desarrollo, pero también en un mecanismo de dependencia. Si el acceso a los modelos más potentes, los chips y la infraestructura queda condicionado por alianzas políticas, la brecha tecnológica puede transformarse rápidamente en una nueva forma de desigualdad internacional.

China intenta presentarse como una alternativa a ese escenario. En julio de 2026 impulsó en Shanghái una nueva organización internacional de cooperación en inteligencia artificial con 29 países, principalmente de Asia, África y América Latina. Beijing sostiene que la IA debería desarrollarse mediante cooperación internacional y con mayor acceso para los países en desarrollo.

Estados Unidos, en cambio, busca consolidar su propia red de aliados tecnológicos. La competencia llegó incluso al terreno diplomático: Washington comenzó a presionar para que los países que participan de sus iniciativas de IA no se incorporen simultáneamente a las estructuras impulsadas por Beijing. La lógica empieza a parecerse demasiado a una vieja historia: elegir un bloque para no quedar afuera del otro.

El problema de fondo es que la inteligencia artificial todavía está lejos de haber mostrado todo su potencial. Puede transformar industrias enteras, modificar el mercado laboral, acelerar descubrimientos científicos y alterar la forma en que los Estados administran servicios públicos. También plantea preguntas enormes sobre privacidad, concentración económica, derechos y control democrático.

Por eso, entregar completamente esa discusión a las grandes potencias sería un error.

Europa intenta mantener un camino propio, aunque enfrenta dificultades para competir en inversión y capacidad tecnológica. Los países latinoamericanos, mientras tanto, todavía tienen la posibilidad de construir una estrategia que no consista simplemente en convertirse en consumidores de tecnología desarrollada en otro lugar.

La verdadera soberanía tecnológica no significa fabricar todo dentro de las propias fronteras. Significa tener capacidad suficiente para decidir, negociar y no quedar atado a un único proveedor.

La carrera entre Estados Unidos y China recién empieza a definir sus reglas. Y mientras las dos potencias miran hacia adelante, el resto del mundo deberá decidir si quiere ser espectador, cliente o también protagonista.

Porque la próxima disputa por el poder global puede no librarse sobre un mapa.

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