Por: Jordi Aguiar Burgos
Cincuenta años se cumplen del último golpe de Estado.
Soy de una generación rara.
Hijos de un país que no vimos, pero que nos habita.
Exiliados sin exilio propio.
Si no hubiera existido el golpe, yo no hubiera nacido en España.
Mis viejos no se habrían cruzado en ese mapa roto donde los latinoamericanos se buscaban entre sí como náufragos.
No habría sido posible ese encuentro improbable, sostenido por la intemperie.
Yo soy, en parte, hijo del exilio.
Y eso no se elige.
Si no hubiera existido el golpe, quizás nunca hubiera venido a Neuquén.
No habría sentido esta necesidad de volver hacia un sur que no conocía, pero que de algún modo ya me pertenecía.
Hay lugares que uno no elige.
Lo llaman.
Neuquén fue eso.
Un llamado.
Una forma de reparar lo que no viví.
En mi familia, la dictadura no es un capítulo más.
Es una presencia.
Se sienta en la mesa.
Se filtra en las conversaciones, en el suspiro de la mañana, en el insomnio de la noche.
No siempre se habla.
Aunque grite en los silencios.
Pero está.
La muerte.
La desaparición.
Las fotos en sepia de los que no están.
O de los que están, de otro modo.
Y también —aunque a veces se olvide— millones de vidas atravesadas, torcidas, desviadas.
Gente que no desapareció, pero perdió algo que no volvió.
La resiliencia no es una palabra bonita.
Ni de moda.
En mi familia es una forma de supervivencia.
Si no hubiera existido el golpe, mis lecturas serían otras.
O serían las mismas, pero no dolerían igual.
Benedetti no sería refugio.
Galeano no sería brújula.
Cortázar no sería puente.
Coetzee no sería advertencia.
Los leí como quien busca entender algo que no termina de cerrar.
Como quien arma un rompecabezas sin todas las piezas.
La literatura, para mí, no fue ocio.
Fue una forma de acercarme a lo que me faltaba.
Y el fútbol.
Porque también está el fútbol.
Si no hubiera existido el golpe, el gol a los ingleses quizás no habría sido lo que fue.
No habría sido revancha simbólica.
Ni desahogo.
Ni ese instante en el que un país entero se permitió creer otra vez.
Una grieta en la historia.
Un barrilete cósmico colándose entre lo imposible.
Sin ese golpe, quizás yo no habría conocido a Estela.
Ni a Norita.
Ni a mi tía Susana.
Personas que sostuvieron la memoria cuando todo invitaba a olvidarla.
Que hicieron del dolor una práctica.
Y de la ausencia, una forma de estar.
Así son también las mujeres de mi familia.
Mi madre.
Mis tías.
Mis primas.
Mis hermanas.
Mujeres que tampoco serían las mismas sin ese golpe.
A veces me pregunto qué habría sido de mí en otro país, en otra historia.
Sin esa fractura.
Sin ese exilio heredado.
Pero no existe ese yo.
Yo soy este.
Hecho de trayectorias interrumpidas.
De encuentros improbables.
De pérdidas que no viví, pero que me constituyen.
El golpe no es solo lo que pasó.
Es lo que sigue pasando en quienes vinimos después.
No para quedarnos ahí.
Sino para entender de qué estamos hechos.
Somos, quizás, lo que hacemos con lo que el golpe hizo de nosotros.
Y lo que hicimos —y lo que nos hizo hacer— fue eso:
buscar justicia, decir verdades, volverlas memoria.
Pero la memoria no es un museo.
Ni una fecha.
Ni un ritual vacío.
Es una forma de plantarse en el presente.
Porque cada vez que se relativiza el horror,
cada vez que se banaliza la violencia,
cada vez que se desprecia la democracia en nombre de cualquier orden,
lo que está en juego no es el pasado.
Es el futuro.
Cincuenta años después, no alcanza con estar vivos.
o con no haber sido vencidos.
Hace falta decidir qué democracia estamos dispuestos a defender.