La eliminación de la Copa Sudamericana terminó de acelerar una crisis que River ya arrastraba desde hacía semanas: Eduardo Coudet dejó de ser el entrenador después de menos de seis meses en el cargo y la dirigencia encabezada por Stéfano Di Carlo volvió a quedar en el centro de las críticas de los hinchas.
Hay derrotas que duelen.
Y hay derrotas que cambian el clima de un club.
En River, la eliminación ante Independiente Santa Fe por la Copa Sudamericana terminó de romper una paciencia que ya venía gastada. Eduardo Coudet dejó su cargo después de menos de seis meses al frente del equipo y la dirigencia de Stéfano Di Carlo quedó nuevamente bajo presión, en una noche en la que los hinchas expresaron su bronca contra la conducción del club.
La salida del entrenador no aparece como un episodio aislado. Es el último capítulo de un semestre en el que River acumuló malos resultados, eliminaciones y decisiones que fueron deteriorando progresivamente el vínculo entre el equipo y su gente.
Coudet había llegado en marzo con la misión de reconstruir un equipo que todavía estaba intentando encontrar una identidad después de la salida de Marcelo Gallardo. El desembarco había generado expectativas: River había apostado fuerte en el mercado de pases y sumado nombres de enorme jerarquía, entre ellos Thiago Almada, Nicolás Otamendi, Lucas Beltrán y Ángel Correa.
El problema fue que los nombres nunca terminaron de convertirse en funcionamiento.
River acumuló apenas una victoria en sus últimos partidos y quedó lejos de los objetivos que se había planteado. En el torneo local, además, el equipo llegó a ocupar los últimos puestos de su zona y comenzó a mirar con preocupación la clasificación a las copas internacionales de las próximas temporadas.
La eliminación frente a Santa Fe fue el golpe definitivo.
River había logrado ponerse en ventaja durante el partido de vuelta, pero no consiguió sostenerla y terminó cayendo en una extensa definición por penales. La derrota dejó al equipo afuera de la competencia internacional y terminó de instalar la sensación de que el ciclo de Coudet había llegado a un punto sin retorno.
Y cuando los resultados desaparecen, el fútbol suele buscar responsables.
Primero aparece el entrenador.
Después, los jugadores.
Y finalmente, casi inevitablemente, los dirigentes.
En River ocurrió todo al mismo tiempo.
Los hinchas ya habían expresado su malestar en partidos anteriores. Durante la crisis llegaron los silbidos, los insultos y los reclamos contra la conducción. En una de las noches más tensas, las tribunas apuntaron directamente contra Di Carlo y también pidieron por el regreso de Ramón Díaz.
El dato político dentro del fútbol no es menor.
Di Carlo asumió la presidencia con una propuesta de continuidad respecto del proyecto institucional que River había construido durante los últimos años. Pero la continuidad funciona mientras los resultados acompañan. Cuando el equipo deja de ganar, aquello que antes podía presentarse como estabilidad empieza a ser leído como inmovilismo.
El propio presidente había intentado sostener públicamente a Coudet.
A comienzos de agosto, cuando River ya atravesaba una crisis deportiva, Di Carlo había respaldado al entrenador y asegurado que lo veía con fuerza, convicción y apoyo dentro del plantel. Incluso había afirmado que la dirigencia continuaría acompañándolo mientras el técnico mantuviera la voluntad de seguir.
Pocas semanas después, ese respaldo dejó de existir.
No necesariamente porque la dirigencia hubiera cambiado de opinión de un día para otro, sino porque los resultados terminaron imponiendo una realidad más fuerte que cualquier declaración institucional.
El problema ahora es que cambiar al entrenador no resuelve automáticamente el resto.
River ya tuvo varias modificaciones en su conducción técnica durante el año. La salida de Gallardo en febrero había abierto una etapa nueva y Coudet fue el segundo entrenador del año. Ahora Leonardo Ponzio asumirá de manera interina.
Ponzio conoce el club como pocos.
Es uno de los grandes referentes de la historia reciente de River y una figura profundamente identificada con el vestuario y con los hinchas. Pero su llegada también expone la urgencia del momento: cuando un club de la dimensión de River necesita recurrir rápidamente a una figura de enorme peso simbólico para apagar un incendio, la prioridad deja de ser diseñar el futuro y pasa a ser sobrevivir al presente.
Ese es el desafío que tiene ahora la dirigencia.
No alcanza con encontrar un nuevo técnico.
River necesita recuperar una idea de equipo, reconstruir confianza y volver a conectar con una hinchada que pasó de la expectativa al enojo en muy pocos meses.
También deberá decidir qué hacer con un plantel construido para competir por títulos y que, paradójicamente, terminó fuera de varias de las competencias que justificaban semejante inversión.
La crisis, entonces, no es solamente futbolística.
Es también institucional.
Porque cada derrota vuelve a abrir preguntas sobre las decisiones tomadas por la dirigencia, el armado del plantel, la conducción deportiva y el rumbo elegido después de Gallardo.
En el fútbol, una mala racha puede durar unas semanas.
Una crisis de identidad puede durar mucho más.
River tiene ahora una oportunidad para detener la caída antes de que el malestar se convierta en una ruptura más profunda. Para eso necesitará algo que hoy parece escasear en el Monumental: certezas.
El técnico se fue.
Los hinchas volvieron a señalar a los dirigentes.
Y el equipo sigue buscando una respuesta.
En River, el problema ya no es solamente quién se sienta en el banco: es volver a encontrar un rumbo que haga que el club vuelva a reconocerse en la cancha.