La renuncia del jefe de la autoridad electoral peruana, tras las irregularidades registradas en la primera vuelta, profundizó una crisis política que ya venía golpeando a un país exhausto de inestabilidad. Lo que debía ser una transición democrática volvió a convertirse en una señal de fragilidad institucional.
En Perú, las elecciones todavía no terminan cuando ya empiezan las dudas.
Y esta vez las dudas terminaron empujando una renuncia.
Piero Corvetto, titular de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, dejó su cargo después de los cuestionamientos por las fallas logísticas que marcaron la primera vuelta presidencial.
Demoras.
Mesas que abrieron tarde.
Material electoral que no llegó a tiempo.
Y miles de votantes que quedaron atrapados en una jornada que debía ofrecer certezas y terminó dejando sospechas.
Corvetto explicó que su salida busca contribuir a recuperar la confianza ciudadana antes del balotaje.
La frase suena institucional.
Pero detrás de esas palabras aparece otra realidad.
En un país donde la confianza en las instituciones viene erosionándose hace años, incluso una elección puede transformarse en un nuevo motivo de fractura.
Las irregularidades no probaron un fraude.
Pero sí dejaron algo igual de delicado.
La sensación de desorden.
Y en democracias cansadas, a veces el desorden alcanza para dañar la legitimidad.
La crisis llega además en un momento especialmente sensible para Perú.
Con una sociedad polarizada, un sistema político fragmentado y presidentes que en la última década duraron menos que las promesas de estabilidad que hicieron en campaña.
Cada episodio institucional deja una marca más profunda.
Porque ya no se discute solo un error administrativo.
Se discute la capacidad del Estado para sostener reglas básicas de confianza pública.
La renuncia también deja una imagen incómoda.
La de un funcionario que decide irse en medio del proceso para intentar salvar la credibilidad del sistema que debía proteger.
Y cuando una democracia necesita sacrificar a sus propios árbitros para intentar recuperar legitimidad, el problema rara vez termina en una oficina electoral.
En Perú, una vez más, la política parece no haber encontrado todavía la manera de ofrecer calma.
Y cuando eso ocurre, hasta el acto más simple de votar puede convertirse en una nueva fuente de incertidumbre.