Mientras el Gobierno celebra la desaceleración de la inflación y el equilibrio fiscal, una cifra revela el otro lado de la economía cotidiana: más de tres millones de personas acumulan deudas que los bancos y entidades financieras consideran prácticamente irrecuperables. Detrás del dato hay una radiografía incómoda sobre cómo sobreviven millones de hogares.
Hay una Argentina que aparece todos los días en los informes económicos.
Es la de los mercados, los bonos, el riesgo país, las reservas, el dólar y las metas fiscales. Una Argentina que se expresa en gráficos y porcentajes y que ocupa buena parte del debate público.
Y hay otra.
La que hace cuentas frente a la góndola. La que paga una tarjeta con otra tarjeta. La que llega al final del mes sin haber llegado realmente. La que pide prestado para cubrir gastos corrientes y no para invertir, viajar o emprender.
Es en esa Argentina donde hay que buscar el significado de un dato que pasó casi desapercibido entre la catarata diaria de indicadores económicos: más de tres millones de personas poseen deudas catalogadas como irrecuperables por el sistema financiero.
La cifra surge de los registros que monitorean el estado crediticio de los argentinos y muestra una realidad que no suele aparecer en los discursos oficiales. Porque mientras algunos indicadores macroeconómicos muestran cierta estabilización, una parte importante de la sociedad continúa atravesando dificultades crecientes para sostener su economía doméstica.
La categoría de deuda irrecuperable no es solamente una definición técnica.
Implica que las entidades financieras consideran extremadamente improbable recuperar esos créditos. Son personas que acumulan atrasos prolongados, que dejaron de poder afrontar pagos y que muchas veces quedan excluidas del acceso a nuevas herramientas de financiamiento.
Pero detrás de la clasificación bancaria aparecen historias concretas.
Trabajadores cuyos ingresos perdieron capacidad de compra. Jubilados que utilizan créditos para complementar ingresos insuficientes. Familias que recurren al endeudamiento para cubrir gastos básicos. Comerciantes que sobreviven entre ventas más bajas y costos crecientes.
Durante décadas, en Argentina el crédito funcionó muchas veces como una herramienta para adelantar consumo. Hoy, para millones de personas, se transformó en una estrategia de supervivencia.
El fenómeno no puede analizarse aislado de lo ocurrido durante los últimos meses.
La fuerte caída del consumo registrada en distintos sectores de la economía, la pérdida acumulada del poder adquisitivo y el encarecimiento del financiamiento generaron un escenario particularmente complejo para amplios sectores sociales. Aunque la inflación desaceleró respecto de los picos alcanzados en años anteriores, los ingresos todavía encuentran dificultades para recuperar el terreno perdido.
La situación expone una de las tensiones centrales del modelo económico impulsado por Javier Milei.
El Gobierno sostiene que la estabilización macroeconómica constituye una condición indispensable para cualquier proceso de crecimiento futuro. Sus críticos señalan que los costos sociales de ese ajuste están siendo absorbidos por trabajadores, jubilados y sectores medios que ven deteriorarse sus condiciones materiales de vida.
La discusión no es menor.
Porque una economía puede exhibir mejoras en algunos indicadores y, al mismo tiempo, profundizar problemas en otros. La reducción de la inflación es una noticia relevante. También lo es el aumento del endeudamiento familiar. Ambas cosas pueden ocurrir simultáneamente.
Lo que muestran los datos sobre morosidad es precisamente esa complejidad.
La economía argentina parece haber encontrado cierta estabilidad en la superficie. Pero debajo de esa superficie siguen acumulándose tensiones sociales que no desaparecen por decreto ni por estadística.
Las deudas, además, tienen una característica particular: permanecen.
Una inflación puede bajar en pocos meses. Un indicador financiero puede mejorar rápidamente. Pero reconstruir la situación económica de una familia que perdió capacidad de ahorro, agotó sus reservas y quedó atrapada en una espiral de endeudamiento suele requerir mucho más tiempo.
Por eso los tres millones de deudores considerados irrecuperables representan algo más que un problema financiero.
Son una señal de alerta sobre la distancia que todavía existe entre la recuperación que muestran algunos números y la vida concreta de millones de argentinos.
Porque las economías no se miden solamente por lo que sucede en los mercados.
También se miden por la tranquilidad con la que una persona puede dormir sabiendo que mañana podrá pagar sus cuentas.
Y para millones de argentinos, esa tranquilidad sigue siendo una deuda pendiente.