El oficialismo venezolano y un sector de la oposición anunciaron una hoja de ruta conjunta que comenzará el 1 de agosto para impulsar reformas políticas e institucionales. Después de años de confrontación, crisis de legitimidad y una tragedia humanitaria agravada por los terremotos de junio, el país intenta abrir una ventana de negociación. El desafío será convertir los gestos en instituciones y la desconfianza en acuerdos.
Las democracias también aprenden a hablar después de gritar.
No ocurre de un día para otro. Tampoco sucede porque los adversarios descubran de repente que piensan parecido. Generalmente ocurre cuando la confrontación deja de ofrecer respuestas y la realidad empieza a imponer preguntas más urgentes que cualquier disputa política.
Venezuela parece haber llegado a uno de esos momentos.
El Parlamento controlado por el chavismo y un grupo de dirigentes que representan a la Asamblea Nacional elegida en 2015 —de mayoría opositora y reconocida por Estados Unidos— anunciaron el inicio de una hoja de trabajo conjunta que comenzará el próximo 1 de agosto. El objetivo declarado es fortalecer la democracia, reconstruir las instituciones y restablecer garantías para la participación política.
La noticia no resuelve la crisis venezolana.
Pero rompe una inercia.
Y eso, en un país acostumbrado a la polarización permanente, ya constituye un hecho político relevante.
Un diálogo interrumpido por la tragedia
Las conversaciones no comenzaron esta semana.
El primer acercamiento se produjo el 18 de junio, cuando el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, recibió a Dinorah Figuera, referente del Parlamento electo en 2015. Pocos días después, los devastadores terremotos del 24 de junio alteraron completamente las prioridades del país. Miles de muertos, ciudades destruidas y una emergencia humanitaria obligaron a suspender las negociaciones.
Paradójicamente, la tragedia terminó acelerando algo que la política llevaba años postergando.
Reconstruir viviendas resulta indispensable.
Reconstruir instituciones también.
Ambas tareas demandan acuerdos.
La política empieza cuando nadie consigue todo
Durante demasiado tiempo, la política venezolana pareció organizada alrededor de una lógica binaria.
Todo o nada.
Victoria absoluta o derrota total.
Gobierno o colapso.
Ese esquema produjo una consecuencia conocida en buena parte de América Latina: cuanto más radicales eran las posiciones, más difícil se volvía encontrar una salida democrática.
El nuevo plan de trabajo plantea otro camino.
Según el comunicado conjunto, las partes buscarán fortalecer las instituciones democráticas, revisar el sistema electoral y restablecer garantías para la participación política, con la intención de abrir «una nueva etapa» para el país.
No son objetivos menores.
Tampoco son fáciles.
La democracia no consiste en que un sector derrote definitivamente al otro.
Consiste, precisamente, en aceptar que ninguno podrá hacerlo.
Las heridas siguen abiertas
Conviene evitar el entusiasmo ingenuo.
Venezuela acumula más de una década de crisis institucional, denuncias sobre restricciones a derechos políticos, sanciones internacionales, migración masiva y una profunda desconfianza entre oficialismo y oposición.
Nada de eso desaparece con un comunicado.
Además, el nuevo proceso involucra a un sector de la oposición, no a la totalidad del espacio opositor venezolano. Persisten diferencias importantes sobre las condiciones de la negociación, el alcance de las reformas y el papel que deberán desempeñar distintos actores políticos.
La desconfianza no es un detalle.
Es el punto de partida.
Estados Unidos también aparece en la escena
Otro elemento vuelve a confirmar que la política venezolana difícilmente pueda entenderse sólo desde Caracas.
El proceso cuenta con respaldo explícito de Washington. Dinorah Figuera agradeció el acompañamiento del Gobierno estadounidense tanto en la respuesta a la emergencia humanitaria como en los esfuerzos dirigidos a recuperar la institucionalidad democrática.
Ese respaldo puede aportar recursos, legitimidad internacional y capacidad de mediación.
También recuerda una constante latinoamericana.
Las crisis de la región rara vez dejan de interesar a las grandes potencias.
La dificultad consiste en que el acompañamiento externo fortalezca los procesos democráticos sin sustituir la capacidad de decisión de la propia sociedad venezolana.
La reconstrucción no será solamente material
Los terremotos dejaron miles de víctimas y una infraestructura profundamente dañada.
Pero la reconstrucción que Venezuela necesita excede largamente el cemento.
Será necesario recuperar confianza en las instituciones, garantizar reglas electorales aceptadas por todos los actores, reconstruir un sistema judicial creíble y crear condiciones para que las diferencias políticas vuelvan a resolverse mediante elecciones y no mediante bloqueos permanentes.
La democracia también necesita infraestructura.
Sólo que está hecha de normas, acuerdos y legitimidad.
No de hormigón.
Una oportunidad que todavía debe demostrar que lo es
América Latina conoce demasiado bien las mesas de diálogo que terminan naufragando.
También conoce procesos de negociación que parecían imposibles y terminaron abriendo etapas nuevas.
Todavía es demasiado pronto para saber en cuál de esas historias terminará inscribiéndose Venezuela.
Lo anunciado para el 1 de agosto representa apenas el comienzo de un camino.
Un camino lleno de obstáculos, intereses contrapuestos y memorias difíciles.
Pero también de una posibilidad.
Porque ninguna democracia se reconstruye únicamente con vencedores.
Las sociedades salen de las crisis cuando descubren que el adversario político no necesariamente debe convertirse en un enemigo permanente.
Después de tantos años de confrontación, Venezuela parece intentar volver a practicar un ejercicio elemental de la vida democrática.
Sentarse a conversar.
No garantiza el éxito.
Pero casi siempre constituye la condición indispensable para alcanzarlo.