Los importantes avances científicos y sanitarios logrados en la lucha contra el VIH conviven con una realidad preocupante: durante el último año, alrededor de 1,2 millones de personas contrajeron el virus y unas 570.000 murieron por enfermedades relacionadas con el sida. El nuevo informe de ONUSIDA advierte que la epidemia sigue siendo una amenaza global y que los recortes en la financiación internacional ponen en riesgo décadas de progreso.
El organismo destacó que desde el punto más crítico de la epidemia las nuevas infecciones disminuyeron un 65% y las muertes vinculadas al sida se redujeron un 73%. Además, más de 32 millones de personas reciben actualmente tratamiento antirretroviral, la cifra más alta registrada hasta el momento, lo que permitió salvar millones de vidas en las últimas décadas.
Sin embargo, ONUSIDA alertó que el ritmo de los avances comenzó a desacelerarse. En la actualidad, cerca de 8,9 millones de personas viven con VIH sin acceso al tratamiento que necesitan, entre ellas millones de niños y adolescentes. Al mismo tiempo, las nuevas infecciones vuelven a crecer en varias regiones del mundo, lo que enciende una señal de alarma para los sistemas de salud.
Uno de los principales factores de preocupación es la caída de la financiación internacional destinada a combatir la enfermedad. Durante 2025, los recursos globales para programas de prevención, diagnóstico y tratamiento se redujeron cerca de un 18%, alcanzando el nivel más bajo en casi dos décadas. Según ONUSIDA, esta situación amenaza con limitar el acceso a medicamentos, campañas de prevención y servicios comunitarios esenciales.
La directora ejecutiva de ONUSIDA, Winnie Byanyima, advirtió que el progreso alcanzado no garantiza la victoria definitiva sobre la enfermedad. Señaló que, sin un compromiso renovado de los gobiernos y de la comunidad internacional, el mundo corre el riesgo de enfrentar un resurgimiento de la epidemia en los próximos años.
Frente a este escenario, el organismo internacional insistió en la necesidad de fortalecer las políticas de prevención, ampliar el acceso a tratamientos y sostener el financiamiento de los programas sanitarios. Los especialistas coinciden en que la ciencia dispone hoy de herramientas capaces de controlar la epidemia, pero advierten que su eficacia dependerá de que esas soluciones lleguen a toda la población que las necesita.