Adriana Baravalle llegó a la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología presentada como doctora en Inteligencia Artificial. El título proviene de la American Andragogy University, una institución de Hawái sin acreditación reconocida por el sistema estadounidense. La paradoja sería apenas pintoresca si el cargo en cuestión no tuviera bajo su órbita buena parte del sistema científico argentino.
La historia podría empezar como uno de esos chistes que la inteligencia artificial todavía escribe bastante mal.
Una especialista en IA llega a conducir la política científica de un país y, apenas asume, una parte de su currículum obliga a preguntarse cuánto de lo que allí figura pertenece exactamente al mundo académico.
Pero la historia es real.
El Gobierno de Javier Milei oficializó este jueves la designación de Adriana Baravalle como secretaria de Innovación, Ciencia y Tecnología de la Nación, en reemplazo de Darío Genua. La designación quedó formalizada mediante el Decreto 730/2026 y coloca a la especialista en un área especialmente sensible para un país que atraviesa una fuerte discusión sobre el financiamiento y el futuro de su sistema científico.
Hasta allí, un cambio de funcionarios.
El detalle apareció después.
Baravalle se presenta como PhD en Inteligencia Artificial por la American Andragogy University, una institución radicada en Hawái que funciona a distancia y que no está acreditada por ninguna agencia reconocida por el Departamento de Educación de Estados Unidos. La propia universidad advierte sobre las limitaciones que sus títulos pueden tener para ejercer determinadas profesiones reguladas.
La cuestión, entonces, no consiste en determinar si Baravalle realizó o no esos estudios.
El problema es otro: qué valor académico tiene ese doctorado y por qué el Gobierno argentino decidió presentarla públicamente como «doctora» apoyándose, entre sus antecedentes, en esa credencial.
Y cuando se trata de la funcionaria encargada de conducir Ciencia y Tecnología, la ironía prácticamente se escribe sola.
Una universidad con antecedentes bastante particulares
American Andragogy University se presenta como una institución de educación superior basada en métodos no tradicionales y enseñanza a distancia. Según antecedentes públicos recogidos por distintos medios, no cuenta con acreditación académica reconocida en Estados Unidos y tuvo además un conflicto judicial con las autoridades de Hawái relacionado con su funcionamiento como institución otorgante de títulos.
La Política Online agrega un elemento llamativo: según la información publicada por la propia institución, el desarrollo de una tesis doctoral puede completarse en un plazo extraordinariamente breve respecto de los estándares habituales de un doctorado universitario.
Internet hizo lo que suele hacer ante semejante material.
Recordó inmediatamente a Saul Goodman, el abogado de Breaking Bad y Better Call Saul, orgulloso graduado de la ficticia University of American Samoa.
El chiste funciona.
La discusión institucional necesita ir un poco más lejos.
Porque Baravalle no es una improvisada
También sería intelectualmente deshonesto reducir toda la trayectoria de la nueva funcionaria a ese título cuestionado.
Baravalle tiene una maestría en Ciencia de Datos y Gestión del Conocimiento por la Universidad Austral, es analista de Sistemas por la Universidad Nacional de la Defensa y actualmente cursa un doctorado en Ingeniería en la propia Austral. Además, desarrolla desde hace décadas actividad docente y de investigación y dirige el Laboratorio de Tecnologías Exponenciales de esa universidad.
Su trayectoria incluye trabajos en inteligencia artificial, ciencia de datos y ciberseguridad. También integró equipos argentinos premiados en competencias internacionales vinculadas al análisis de datos y la seguridad informática.
Es decir: el problema no parece ser la ausencia absoluta de antecedentes.
Precisamente por eso resulta más difícil comprender la necesidad de jerarquizar una credencial académicamente controvertida cuando existen otras perfectamente verificables.
La ciencia en tiempos de sospecha
El episodio podría quedar reducido a una curiosidad curricular si no ocurriera en un contexto bastante más delicado.
Baravalle asume la conducción política de un área que conserva bajo su órbita organismos centrales como el CONICET, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales y el Banco Nacional de Datos Genéticos, mientras el sistema científico argentino atraviesa una etapa de restricciones presupuestarias y fuertes disputas con el Gobierno nacional.
Por eso las credenciales importan.
No porque un título convierta automáticamente a alguien en mejor funcionario. La democracia está llena de doctores desastrosos y personas sin doctorado capaces de gestionar con enorme competencia.
Importan porque la ciencia funciona sobre una institución bastante menos espectacular que cualquier discurso político: la confianza.
Un trabajo debe poder verificarse.
Una hipótesis debe poder discutirse.
Una institución debe estar acreditada.
Un título debe significar aquello que dice significar.
No es burocracia académica. Es precisamente el mecanismo mediante el cual distinguimos conocimiento de impostura.
La meritocracia también necesita comprobar los méritos
Hay además una contradicción difícil de ignorar para un gobierno que convirtió palabras como mérito, excelencia y competencia en parte de su vocabulario político.
Si esos principios tienen algún valor, deberían empezar por aplicarse dentro del Estado.
Especialmente cuando se elige a quien tendrá responsabilidades sobre investigadores que dedicaron cinco o seis años a completar doctorados evaluados por universidades reconocidas, publicaron trabajos sometidos a revisión de pares y concursaron cargos dentro del sistema científico.
La pregunta relevante no es si Baravalle está capacitada para ocupar la Secretaría. Su extensa trayectoria indica que posee antecedentes profesionales que merecen ser considerados seriamente.
La pregunta es por qué adornar esos antecedentes con una credencial cuya validez académica resulta, como mínimo, problemática.
El título menos importante terminó siendo el problema principal
Hay algo casi argentino en toda la historia.
Una mujer con décadas de experiencia, formación universitaria reconocida, actividad docente y especialización tecnológica llega a uno de los cargos científicos más importantes del país.
Y el Gobierno consigue que terminemos hablando de una universidad hawaiana sin acreditación.
Quizás allí esté la enseñanza más interesante del episodio.
La ciencia no necesita funcionarios con currículums perfectos.
Necesita funcionarios capaces de defender el conocimiento, garantizar estándares y comprender que la credibilidad cuesta años construirla y apenas unos minutos ponerla en duda.
En tiempos de inteligencia artificial, deepfakes y realidades cada vez más difíciles de distinguir, verificar aquello que alguien dice ser se convirtió en una tarea esencial.
También cuando ese alguien acaba de asumir como responsable de la ciencia argentina.
Y especialmente entonces.