La mayor selva tropical del planeta continúa perdiendo vegetación y se acerca a un umbral que la ciencia considera peligroso para su propia supervivencia. Aunque Brasil logró reducir la deforestación durante 2025, cuatro décadas de transformación dejaron una huella mucho más profunda: menos árboles, más agricultura y ganadería, temperaturas crecientes y un ecosistema cada vez más vulnerable a sequías e incendios. La Amazonía todavía respira. La pregunta es cuánto podemos seguir quitándole antes de que cambie para siempre.
Durante mucho tiempo hablamos de la Amazonía como si fuera eterna.
Un océano verde demasiado grande para terminarse, demasiado húmedo para incendiarse, demasiado exuberante para imaginarlo convertido en otra cosa. La geografía ayudó al engaño: cuando un territorio ocupa millones de kilómetros cuadrados, cada árbol talado parece insignificante.
Hasta que se cuentan todos.
Los datos acumulados durante cuatro décadas empiezan a dibujar una imagen bastante menos tranquilizadora. Sólo en la Amazonía brasileña, entre 1985 y 2024 desaparecieron 52 millones de hectáreas de vegetación nativa, una superficie mayor que España. Casi 50 millones correspondieron directamente a formaciones boscosas. En 2024, el 81,9% del bioma conservaba vegetación nativa, mientras que los usos humanos ya ocupaban el 15,3% del territorio.
Si la mirada se amplía más allá de Brasil, el retroceso resulta todavía mayor. El monitoreo de MapBiomas Amazonía calculó que entre 1985 y 2023 los países amazónicos perdieron más de 88 millones de hectáreas de bosque y 92,4 millones de hectáreas de vegetación natural fueron reemplazadas por actividades económicas.
Son cifras tan grandes que corren el riesgo de no significar nada.
Hasta que recordamos que detrás de cada hectárea desaparecida cambia también el agua, la temperatura, la biodiversidad y la capacidad del bosque para almacenar carbono.
No estamos perdiendo solamente árboles.
Estamos modificando una máquina climática.
El bosque también fabrica lluvia
Una de las características extraordinarias de la Amazonía es que no se limita a recibir agua: también contribuye a producir las condiciones que permiten que esa agua regrese.
Los árboles absorben humedad del suelo y la liberan hacia la atmósfera mediante evapotranspiración. Esa enorme circulación alimenta masas de aire húmedo que trasladan precipitaciones hacia otras regiones de Sudamérica.
El bosque, en cierto sentido, hace llover.
Por eso deforestarlo genera un mecanismo perverso: menos vegetación significa menor capacidad para reciclar humedad; menos humedad favorece sequías más intensas; las sequías aumentan la vulnerabilidad frente al fuego; los incendios destruyen más vegetación.
El círculo se alimenta solo.
Y allí aparece uno de los conceptos que más preocupa a los científicos: el punto de inflexión.
Distintos trabajos ubican entre el 20% y el 25% de pérdida forestal el rango a partir del cual partes de la Amazonía podrían perder capacidad para sostener su funcionamiento actual y comenzar una transición hacia ecosistemas más secos. MapBiomas advierte que la Amazonía brasileña está acercándose a ese umbral.
No significa que al caer un árbol determinado se apague súbitamente la selva.
Los ecosistemas no funcionan con interruptores.
Significa algo quizá más inquietante: puede llegar un momento en que el deterioro deje de depender exclusivamente de nosotros y el propio sistema empiece a empujarse hacia otro estado.
Una buena noticia que no alcanza para borrar cuarenta años
Hay, sin embargo, un dato que conviene no esconder detrás del apocalipsis.
La deforestación está bajando en Brasil.
En 2025 se perdieron 984.794 hectáreas de vegetación nativa en todo el país, un descenso superior al 20% respecto de 2024 y el primer registro inferior al millón de hectáreas desde que comenzó la serie de MapBiomas Alerta en 2019. En la Amazonía brasileña la caída fue todavía mayor: 23,5%, hasta unas 289.478 hectáreas.
Importa decirlo porque demuestra algo elemental que a veces desaparece del debate ambiental: las políticas públicas funcionan.
Mayor fiscalización, monitoreo satelital y presión sobre las cadenas productivas pueden reducir la destrucción. El deterioro ambiental no es una fatalidad escrita por la naturaleza. Es consecuencia de decisiones humanas y, por lo tanto, puede ser modificado por otras decisiones humanas.
El problema es la escala.
Después de cuatro décadas de transformación, reducir el ritmo al que destruimos el bosque es imprescindible, pero no equivale a haber resuelto el problema.
Es como levantar el pie del acelerador mientras el precipicio continúa delante.
La economía que avanzó sobre los árboles
La transformación amazónica tampoco ocurrió por generación espontánea.
Entre 1985 y 2023, mientras retrocedía la vegetación natural, el área dedicada a minería aumentó 1.063%, la agricultura 598% y la ganadería 298% en la región amazónica.
Ahí aparece una discusión más incómoda que aquella que reduce el problema a buenos ambientalistas contra malos deforestadores.
La Amazonía también es territorio productivo.
Allí vive gente.
Hay ciudades, comunidades indígenas, productores, trabajadores, empresas y Estados que necesitan generar riqueza.
La pregunta no puede ser simplemente cómo impedir cualquier actividad económica. Debe ser qué desarrollo resulta compatible con la supervivencia del territorio que lo hace posible.
Porque existe una paradoja bastante rudimentaria en destruir un ecosistema para producir riqueza hasta volver ese mismo territorio menos habitable y productivo.
Es un negocio extraordinario, siempre que uno no incluya el futuro en la contabilidad.
Quienes mejor conservaron el bosque
Hay además un dato político que merece salir del margen.
Los territorios indígenas aparecen sistemáticamente entre las áreas mejor preservadas de la Amazonía. Datos regionales de MapBiomas muestran que desde 1985 la pérdida de vegetación nativa dentro de tierras indígenas fue proporcionalmente mucho menor que fuera de ellas; alrededor del 91% de la deforestación registrada ocurrió fuera de territorios indígenas y otras áreas protegidas.
No se trata de romantizar a los pueblos originarios ni convertirlos en personajes de una postal ecológica.
Se trata de reconocer evidencia.
Defender sus territorios, garantizar sus derechos y fortalecer las áreas protegidas no constituye solamente una cuestión de justicia histórica. También forma parte de una estrategia climática.
Derechos humanos y ambiente, otra vez, terminan habitando el mismo mapa.
La Amazonía queda lejos hasta que deja de quedar lejos
Desde la Patagonia resulta tentador observar esta historia como un problema remoto.
Selvas tropicales.
Ríos gigantescos.
Brasil.
Colombia.
Perú.
Pero el clima tiene la desagradable costumbre de ignorar nuestras fronteras políticas.
La Amazonía almacena carbono, regula humedad y participa de sistemas atmosféricos que atraviesan Sudamérica. Su degradación forma parte de una crisis climática que después adquiere otras formas: sequías, incendios, olas de calor, alteraciones en los ciclos del agua y fenómenos extremos.
También aquí.
También en la Patagonia.
Y por eso la discusión amazónica contiene una advertencia aplicable a cualquier territorio rico en recursos naturales: el desarrollo no puede medirse únicamente por aquello que somos capaces de extraer, sino también por aquello que conseguimos conservar mientras lo hacemos.