El músico uruguayo murió este miércoles a los 83 años, después de permanecer internado durante varias semanas por una neumonía y sus complicaciones. Cantante, percusionista, compositor y actor, Rada construyó durante más de seis décadas una obra que cruzó el candombe con el rock, el jazz, el funk y la música popular rioplatense.
Hay músicos que dejan canciones. Otros dejan una manera de escuchar.
Rubén “El Negro” Rada perteneció a esa segunda categoría. Durante más de seis décadas hizo de la música una conversación permanente entre Montevideo, el Río de la Plata, África y América Latina. Este miércoles 26 de agosto murió a los 83 años, después de atravesar durante aproximadamente un mes una neumonía y sus complicaciones. La noticia fue confirmada por su familia.
Rada no fue solamente un cantante.
Fue percusionista, compositor, actor y conductor. Pero, sobre todo, fue uno de los grandes arquitectos de la música popular uruguaya contemporánea. Su obra ayudó a demostrar que el candombe podía dialogar con el rock, el jazz, el soul y otros géneros sin dejar de ser candombe.
Esa mezcla terminó convirtiéndose en una identidad.
En los años sesenta, junto a Eduardo Mateo y otros músicos, formó El Kinto, una banda fundamental para entender el nacimiento del llamado candombe beat. Más tarde llegó Tótem y, después, una extensa carrera solista que lo llevó por escenarios de Uruguay, Argentina y otros países.
Rada no necesitó elegir entre tradición y modernidad.
Las hizo conversar.
Los tambores que venían de la cultura afro-uruguaya podían convivir con guitarras eléctricas. El jazz podía encontrarse con la murga. El rock podía entrar en una canción de raíz popular sin pedir permiso.
En esa mezcla había también una idea política y cultural, aunque Rada nunca necesitara convertirla en un discurso solemne: una identidad no tiene por qué ser una frontera.
Puede ser una mezcla.
Su trayectoria atravesó además diferentes épocas de la cultura rioplatense. Grabó más de 40 discos y construyó un repertorio reconocible por varias generaciones, con canciones que quedaron incorporadas a la memoria musical de Uruguay y también cruzaron el río.
En 2011 recibió el Premio a la Excelencia Musical de los Grammy Latinos, un reconocimiento a una carrera que ya había excedido hacía tiempo las fronteras de su país.
Pero quizás los premios expliquen poco.
Porque la importancia de Rada no está solamente en los reconocimientos acumulados, sino en la cantidad de músicos que encontraron en su obra una posibilidad.
La posibilidad de mezclar.
De experimentar.
De hacer música popular sin tratarla como una pieza de museo.
En una región donde las identidades culturales muchas veces se construyen desde la separación —Uruguay de Argentina, tradición de modernidad, música “culta” de música “popular”—, Rada pasó buena parte de su vida haciendo exactamente lo contrario.
Juntando cosas.
Por eso su influencia llegó mucho más lejos que el candombe. Su música dialogó con distintas generaciones y con artistas de géneros diversos. Su figura terminó siendo reconocible incluso para quienes quizás no podían nombrar todas sus canciones.
Había algo en él que trascendía la música.
Una manera de estar en escena.
Una voz.
Un humor particular.
Y esa capacidad poco frecuente de hacer que una canción pudiera ser festiva y profunda al mismo tiempo.
Rada también fue una figura atravesada por la historia social de Uruguay. Su infancia estuvo marcada por la pobreza y la discriminación, experiencias que formaron parte de una sociedad en la que la cultura afrodescendiente tuvo que abrirse paso durante décadas para conquistar reconocimiento. Su recorrido artístico convirtió parte de esa tradición en una de las expresiones culturales más visibles del país.
Por eso su muerte no es solamente la despedida de un artista popular.
Es también la pérdida de una parte de la memoria rioplatense.
Uruguay declaró duelo nacional tras su fallecimiento y anunció homenajes en el Palacio Legislativo, una señal del lugar que Rada ocupaba en la cultura del país.
La dimensión de esa despedida puede entenderse mejor si se piensa en todo lo que ocurrió alrededor de su música.
Rada atravesó generaciones sin quedar atrapado en ninguna.
Mientras otros artistas quedan asociados inevitablemente a una época, él siguió creando, grabando y presentándose durante décadas. Incluso poco antes de su muerte había continuado trabajando: en julio había estrenado un nuevo proyecto audiovisual y todavía tenía proyectos musicales en marcha.
Eso también explica parte de su legado.
No se dedicó a conservar una imagen del pasado.
Siguió buscando.
Siguió mezclando.
Siguió tocando.
Y quizá por eso la noticia de su muerte tenga algo de extraño. Porque Rada pertenecía a esa clase de artistas que parecen formar parte del paisaje. Como el tamboril en una calle de Montevideo, como una canción que alguien escucha en una radio mientras prepara el mate, como una voz que atraviesa una generación y aparece después en otra.
Su desaparición deja un silencio.
Pero no un vacío.
Quedan las canciones, los discos, los músicos que aprendieron de él y una tradición que ayudó a transformar para siempre.
Queda también una lección cultural sencilla y poderosa: que la identidad no siempre se encuentra mirando hacia atrás. A veces se construye tomando lo que viene de lejos, mezclándolo con lo que está alrededor y convirtiéndolo en algo nuevo.
Rada hizo eso durante toda su vida.
Tomó el candombe y lo llevó a encontrarse con el mundo.
Y ahora que su voz se apagó, los tambores siguen sonando.