La Organización Mundial de la Salud confirmó el fin del brote de ébola en Uganda, donde se registraron 20 casos y dos muertes. El anuncio llega mientras la República Democrática del Congo enfrenta un brote mucho más grave de la misma variante del virus, con más de 5.600 casos y 2.700 fallecidos.
Uganda consiguió cerrar una emergencia sanitaria que durante meses mantuvo en alerta a sus autoridades. La Organización Mundial de la Salud confirmó este miércoles el final del brote de ébola causado por la variante Bundibugyo, después de comprobar que no quedaban cadenas activas de transmisión.
El país había anunciado el fin del brote el 28 de julio, pero la OMS mantuvo la vigilancia durante varias semanas para asegurarse de que no hubiera casos que hubieran quedado fuera del sistema de seguimiento. La comprobación terminó de confirmar que la transmisión había sido interrumpida.
El balance final en Uganda fue de 20 casos y dos muertes.
La cifra, aunque dolorosa, contrasta fuertemente con lo que ocurre al otro lado de la frontera. En la República Democrática del Congo, el mismo tipo de virus continúa avanzando y ya produjo más de 5.600 casos y 2.700 fallecimientos, convirtiendo al brote en el segundo más letal de la historia del ébola.
La diferencia entre ambos países deja una enseñanza que suele perderse cuando las epidemias se cuentan únicamente a través de sus cifras: la velocidad de propagación de un virus no depende solamente del virus.
También depende de la capacidad de una sociedad para detectarlo.
Uganda logró identificar los casos, seguir los contactos y reforzar las medidas de vigilancia sanitaria. La OMS considera que esa respuesta permitió cortar las cadenas de transmisión antes de que el brote adquiriera una dimensión mayor.
En el Congo, en cambio, el escenario es mucho más complejo.
La transmisión continúa siendo muy activa y las autoridades todavía encuentran dificultades para reconstruir completamente las cadenas de contagio. Según la OMS, entre el 70% y el 80% de las personas diagnosticadas no tenían un vínculo conocido con casos identificados previamente.
A eso se suman factores que no tienen nada que ver con la biología del virus y que, sin embargo, resultan decisivos: conflictos armados, desplazamientos de población, dificultades para llegar a zonas alejadas, problemas de diagnóstico y falta de recursos.
La enfermedad encuentra así un terreno especialmente difícil para ser contenida.
La variante Bundibugyo también agrega una dificultad particular. Se trata de una cepa menos estudiada que otras variantes del ébola y para la cual las vacunas disponibles contra otras cepas no ofrecen una solución equivalente. Esto complica la respuesta y vuelve todavía más importantes las herramientas básicas de salud pública: vigilancia, diagnóstico rápido, seguimiento de contactos y atención médica.
Uganda, en ese sentido, funciona como una demostración de que contener un brote es posible cuando las instituciones sanitarias consiguen actuar con rapidez.
Pero también demuestra algo más incómodo.
Los avances pueden ser extremadamente frágiles.
La OMS advirtió que necesita unos 30 millones de dólares adicionales para mantener las operaciones de respuesta en las zonas más afectadas del Congo, especialmente para garantizar logística, equipamiento médico y elementos de protección para el personal sanitario.
En una epidemia, la financiación no es un detalle administrativo.
Puede determinar si un equipo llega o no a una comunidad. Si una persona puede ser diagnosticada a tiempo. Si los trabajadores sanitarios cuentan con protección adecuada. Si una cadena de contagios puede ser reconstruida antes de que se multiplique.
La experiencia de Uganda también permite mirar el problema desde otro lugar.
El éxito de un sistema sanitario no siempre aparece en una estadística espectacular. A veces consiste precisamente en que una crisis no llegue a convertirse en una catástrofe.
Detectar un caso.
Aislarlo.
Encontrar a sus contactos.
Seguirlos.
Repetir el proceso.
No tiene el dramatismo de una emergencia fuera de control, pero es justamente lo que permite evitarla.
Por eso el anuncio de la OMS es una buena noticia, aunque sería un error leerlo como el final de la amenaza del ébola en la región.
Uganda cerró su brote.
El Congo todavía lucha por contener el suyo.
Y esa diferencia recuerda que la salud pública funciona como una cadena: cuando cada eslabón tiene recursos, coordinación y capacidad de respuesta, un brote puede ser detenido. Cuando alguno falla, el virus encuentra espacio para avanzar.
La noticia más importante de este miércoles, entonces, tiene dos caras.
Una es alentadora: Uganda consiguió frenar el ébola.
La otra obliga a mantener la atención: a pocos kilómetros, miles de personas siguen enfrentando un brote que crece más rápido de lo que las autoridades consiguen contenerlo.