Niños, niñas y adolescentes participaron en Neuquén de una nueva jornada de Guardianes Ambientales: recorrieron una huerta comunitaria, aprendieron a separar residuos, construyeron una compostera y prepararon cartelería para el barrio. Una experiencia que propone algo bastante elemental y, a veces, olvidado: la conciencia ambiental se construye mejor cuando deja de ser una consigna y se convierte en práctica cotidiana.
Hay cosas que pueden explicarse en un pizarrón.
Y hay otras que necesitan tierra debajo de las uñas.
La diferencia no es menor cuando se habla de educación ambiental. Podemos aprender qué significa compostar leyendo una definición, memorizar cuánto tarda un residuo en degradarse o repetir que debemos cuidar el planeta —esa criatura enorme y un poco abstracta que aparece cada 5 de junio en afiches escolares—. Otra cosa es agarrar los restos vegetales, separarlos, entender qué ocurre con ellos y construir una compostera que al día siguiente seguirá estando en el mismo barrio.
Por ahí transita Guardianes Ambientales, una propuesta que el Ministerio de Turismo, Ambiente y Recursos Naturales de Neuquén desarrolla mensualmente con niños, niñas y adolescentes y que esta semana realizó su cuarto encuentro.
La jornada tuvo lugar el miércoles 12 de agosto entre el Centro Comunitario Oeste y la Huerta Comunitaria Belén, con participación de las Mujeres Huerteras, Guardafauna provincial y el Instituto Provincial de Juegos de Azar.
Pero lo interesante no está solamente en quiénes participaron.
Está en cómo se aprende.
Primero mirar, después entender
La actividad comenzó alrededor de una experiencia que ya existe en el territorio.
Las Mujeres Huerteras conversaron con los chicos y chicas sobre la historia de la huerta, su organización, las tareas necesarias para sostenerla y los alimentos que consiguen producir allí. Después llegó el recorrido: observar cultivos, reconocer procesos y descubrir que detrás de aquello que aparece sobre la mesa existe tierra, trabajo, agua, tiempo y organización comunitaria.
Puede parecer sencillo.
Precisamente por eso funciona.
En tiempos en los que buena parte de nuestra relación con el mundo ocurre detrás de una pantalla, saber de dónde sale un tomate empieza a tener algo inesperadamente revolucionario.
Guardianes Ambientales intenta trabajar desde esa cercanía. Los conocimientos construidos durante los encuentros anteriores se recuperan frente a situaciones reales. La educación deja entonces de circular solamente desde quien enseña hacia quien escucha y empieza a producirse también entre generaciones, experiencias y saberes diferentes.
La huerta se convierte en aula.
El barrio, también.
La basura deja de ser basura
Después del recorrido llegó uno de los ejercicios más concretos de la jornada.
Los participantes trabajaron sobre separación de residuos orgánicos y compostaje. Aprendieron que buena parte de aquello que habitualmente termina dentro de una bolsa puede regresar al ciclo natural y convertirse en un recurso capaz de mejorar el suelo.
Y no se quedaron en la explicación.
Construyeron una compostera.
Quedará instalada en el Centro Comunitario para su utilización cotidiana. También elaboraron carteles y señalética que serán colocados en distintos puntos del barrio, la Comisión Vecinal y la propia huerta para promover prácticas de cuidado ambiental.
Ahí aparece probablemente uno de los aspectos más valiosos del programa: los chicos dejan de ser receptores de una campaña de concientización para convertirse en quienes producen mensajes destinados a otros.
La diferencia parece semántica.
No lo es.
Del “hay que cuidar” al saber cómo hacerlo
Durante décadas, buena parte de la comunicación ambiental estuvo construida alrededor de imperativos.
Hay que cuidar el agua.
Hay que reciclar.
Hay que proteger la naturaleza.
Todo cierto.
El problema comienza después de la frase: ¿cómo?
La conciencia ambiental difícilmente pueda sostenerse sólo mediante buenos deseos. Necesita herramientas, conocimiento y posibilidades concretas de actuar.
Separar residuos en casa, comprender para qué sirve una compostera, conocer los animales que habitan el territorio, entender cómo funciona una huerta o reconocer el valor del agua permite bajar una discusión planetaria hasta la escala donde realmente empieza cualquier transformación: la vida cotidiana.
Guardianes Ambientales trabaja justamente sobre esa escala. El proyecto propone un encuentro mensual y ya incluyó, entre otras experiencias, visitas al Complejo Ambiental Neuquén. También participan Guardafauna y el Programa de Desarrollo Agroalimentario, incorporando conocimientos provenientes de diferentes áreas.
También es ciudadanía
Existe además una dimensión que excede lo estrictamente ambiental.
Cuando un niño comprende que puede intervenir sobre su entorno, construir algo para su comunidad y transmitir aquello que aprendió, también empieza a reconocerse como ciudadano.
No hace falta esperar a cumplir dieciocho años.
Las infancias tienen derecho a participar, preguntar, proponer y formar parte de las decisiones que afectan el espacio donde viven. Y pocas discusiones atraviesan tanto su futuro como la ambiental.
Son precisamente las generaciones que hoy recorren una huerta las que deberán convivir durante más tiempo con las consecuencias del cambio climático, la presión sobre los recursos naturales y la cantidad creciente de residuos que producen nuestras ciudades.
Pedirles que solucionen aquello que los adultos no conseguimos resolver sería bastante cómodo.
Darles herramientas para comprenderlo es otra cosa.
Cambiar el mundo empieza bastante cerca
La educación ambiental suele hablar del planeta.
Pero el planeta puede quedar demasiado lejos.
Una huerta está a unas cuadras.
Una compostera cabe en un patio.
Una bolsa de residuos sale todos los días de nuestra casa.
Un cartel puede cambiar una pequeña costumbre.
Quizás allí resida la potencia de experiencias como Guardianes Ambientales: convertir problemas enormes en acciones posibles sin fingir que esas pequeñas acciones, por sí solas, resolverán desafíos estructurales.
Las políticas públicas, las empresas y los adultos continuarán teniendo las responsabilidades mayores.
Pero una cultura ambiental también necesita aprenderse.
Y las culturas no nacen mediante decretos. Se construyen lentamente, con prácticas que se repiten hasta convertirse en costumbre.
A veces comienzan con algo tan pequeño como un grupo de chicos alrededor de una huerta.
Mirando cómo crece una planta.
Separando restos de verduras.
Metiendo las manos en la tierra.
Y descubriendo que cuidar el lugar donde vivimos no es solamente una frase bonita.
Es algo que se hace.