El país que gobierna y el país que cruje

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Los países pueden mirarse de muchas maneras. Desde sus paisajes, desde sus estadísticas, desde su gastronomía o desde sus discursos. Argentina no se deja atrapar del todo por ninguna de estas dimensiones. Explicarla, algo que practicamos como si fuese parte de nuestra genética, requiere, además de perspectivas y capas, a los Argentinos.

Días atrás, por ejemplo, hay una Argentina que habla en inglés. Se mueve en salones de hotel, entre carpetas con gráficos ascendentes y palabras que suenan a promesa: shale, lithium, investment grade, emerging opportunity. Esa Argentina viajó a Nueva York para la llamada Argentina Week, donde ejecutivos, banqueros y consultores repiten con entusiasmo que el país finalmente encontró su rumbo. En sus presentaciones hay mapas con flechas que salen de Vaca Muerta hacia el mundo, números que anticipan exportaciones récord y una frase que se escucha seguido: Argentina is back.

Pero hay otra Argentina que no aparece en esos powerpoints.

Habla otro idioma. No el castellano exactamente, sino una mezcla de cuotas vencidas, changas improvisadas, turnos de fábrica cancelados, aplicaciones que vibran en el celular esperando un pedido. Esa Argentina no viaja a Manhattan. Se mueve en subte, en colectivo, en tren, en bici y también caminando.

Desde luego no es una sorpresa que existan ambas argentinas. Siempre lo hicieron. Siempre fuimos una superposición de mundos e identidades. El problema es que una pretende gobernar a la otra sin escuchar como, cada día que pasa, cruje la otra.

Por eso, para entenderlo, en vez de recorrer twitts, noticias o debates televisivos, conviene hacer un ejercicio sencillo. Imaginar algunas escenas, pequeñas situaciones cotidianas donde esa Argentina partida se revela sola, casi sin querer.

La primera ocurre en el aire.

El avión despega de Nueva York poco antes de la medianoche. Es un Boeing grande, de esos que cruzan el Atlántico mientras la ciudad queda atrás como una constelación eléctrica. Manhattan se transforma lentamente en una maqueta luminosa y, al cabo de unos minutos, ya no es más que un reflejo lejano perdido en la ventanilla.

En la cabina ejecutiva todavía se escuchan conversaciones. Muchos pasajeros vienen del mismo lugar: conferencias, reuniones, cócteles donde se intercambian tarjetas personales y diagnósticos optimistas. Argentina Week.

En el asiento 2A viaja un ejecutivo petrolero, traje gris y camisa abierta, con ese cansancio elegante de quien pasó tres días repitiendo la misma frase ante distintos inversores.

—Argentina tiene la segunda reserva de shale del mundo.

La dijo tantas veces que ya no suena a argumento sino a reflejo.

Del otro lado del pasillo viaja una economista de un fondo de inversión. Tendrá poco más de treinta años y todavía tiene la computadora abierta sobre la bandeja mientras revisa informes antes de dormir. En la pantalla aparecen números que, vistos desde cierta distancia, parecen promisorios: exportaciones energéticas en alza, inflación bajando lentamente, riesgo país retrocediendo algunos puntos.

Dos filas más atrás viaja Sergio, un operario de Vaca Muerta. Viene de un curso técnico en Houston al que lo mandó la empresa. Hace diez años trabaja en equipos de perforación y en su celular todavía guarda fotos de la capacitación: pantallas, válvulas, modelos digitales del subsuelo que parecen videojuegos demasiado caros para ser reales.

Desde su asiento escucha, sin querer, la conversación de adelante.

—Lo que viene en Argentina es enorme —dice el ejecutivo—. En cinco años esto puede ser Noruega.

Sergio mira por la ventanilla. Afuera no hay nada, apenas la oscuridad del océano y un ala iluminada por las luces del avión.

Conoce ese discurso. Lo escuchó mil veces.

Y algo de razón tienen.

El shale crece, eso es cierto. Pozos nuevos, rutas nuevas, camiones que atraviesan la madrugada patagónica como si fueran parte del paisaje. Pero también hay otra cosa que él ve todos los días y que rara vez aparece en las presentaciones.

Cada año hay menos gente en los equipos.

Las máquinas hacen cada vez más trabajo.

En ese momento recuerda el mensaje de su mujer.

“Hoy lo echaron a Diego. —su cuñado—. Se quedó en la calle.”

Sergio se queda mirando la pantalla unos segundos, como si esperara que aparezca algo más que cambie la noticia. No aparece nada.

Delante suyo el ejecutivo sigue hablando.

—El mundo necesita energía —dice—. Argentina está sentada arriba de una fortuna.

Es probable que tenga razón. Pero Sergio piensa en Diego, en su hermana, en la casa que todavía están pagando en cuotas. Piensa también en los compañeros que ya no están en el equipo porque ahora una máquina hace el trabajo de tres.

Alrededor del pozo hay cada vez menos gente.

El avión sigue avanzando sobre el Atlántico.

Debajo, invisible en la oscuridad, hay un país esperando.

Unas horas más tarde el avión aterriza en Ezeiza y Buenos Aires ya está despierta.

Colectivos llenos. Persianas levantándose. Cafés donde la mañana empieza siempre igual.

En un bar de barrio, Marcelo revuelve el café sin tomarlo.

Marcelo tiene 56 años y una metalúrgica en Lanús que heredó de su padre.

Esa mañana hizo algo que nunca había hecho en veinte años de trabajo.

Cerrar una línea de producción.

Doce personas.

Doce tipos que hasta ayer entraban a las siete de la mañana por la misma puerta.

En la mesa de al lado un financista habla por teléfono.

—Argentina está en el mejor momento de los últimos treinta años —dice mientras mira la pantalla de su notebook.

Marcelo lo escucha.

No discute.

No levanta la voz.

Solo dice algo en voz baja.

—Hoy eché a doce.

En ese momento entra Brian, un pibe con una mochila térmica en la espalda. Tendrá veintidós o veintitrés años.

Pide un café chico y pregunta si puede cargar el celular.

Mientras espera mira las noticias.

Un titular dice que Argentina vuelve a seducir a los mercados.

La aplicación vibra.

Un nuevo pedido.

Brian se pone la mochila, paga el café y sale rápido a la calle.

Marcelo finalmente toma el café.

Está frío.

Los números pueden mejorar.

Pero la vida cotidiana tiene otra forma de medir el tiempo.

A media mañana el ruido del tránsito llega amortiguado hasta los pasillos de la universidad.

Laura entra al aula con una carpeta bajo el brazo. Enseña economía del trabajo desde hace años.

Deja la carpeta sobre el escritorio, toma una tiza y escribe tres nombres en el pizarrón.

Economistas que llevan tiempo diciendo algo que cada vez se escucha más seguido: que el empleo del medio desaparece. Que crecen los trabajos muy calificados y también los más precarios. Y que en el medio —ese lugar donde antes vivía la estabilidad— cada vez queda menos.

Cuando se da vuelta hacia el aula hace un cálculo silencioso.

Hay diez estudiantes.

Antes había treinta.

Una chica levanta la mano.

—Profe… mi viejo tenía un taller textil. Cerró el mes pasado.

Laura guarda silencio unos segundos.

Podría hablar de globalización. De automatización. De tecnología.

En cambio dice algo más simple.

—Está pasando en muchos lugares.

Hace una pausa.

—Hay economías que empiezan a mejorar en los informes antes que en la vida de la gente.

Algunos estudiantes levantan la cabeza.

—Los números pueden ordenar la macro —dice—, pero si el empleo cae y las empresas cierran, el país empieza a funcionar como dos economías distintas.

Un alumno del fondo pregunta:

—¿Y quién decide eso?

Laura sonríe con cansancio.

—Los mercados no votan —dice—. Pero disciplinan expectativas.

Nadie responde.

En el pizarrón queda una palabra que el borrador no terminó de borrar del todo.

Empleo.

A la tarde el tren entra en Constitución con un chirrido largo.

En el andén hay gente que camina rápido, gente que mira el piso, gente que salta el molinete sin mirar demasiado a los costados. Buenos Aires a esa hora tiene algo de cansancio y algo de tensión, como si todos estuvieran apurados por llegar a algún lado aunque no tengan muy claro a dónde.

Dentro del vagón viajan varias historias que ya se cruzaron antes en el día, aunque ellos todavía no lo sepan.

Brian, el pibe de la mochila térmica que salió del bar por la mañana, entra primero y se apoya cerca de la puerta. Mira el celular esperando el próximo pedido.

Un par de estaciones más tarde sube Laura, la profesora de la universidad. Lleva todavía la carpeta bajo el brazo y se sienta junto a la ventana. Durante un momento observa el reflejo de su cara en el vidrio, como si siguiera pensando en la clase que dio unas horas antes.

En la estación siguiente entra Sergio, el operario de Vaca Muerta que aterrizó esa misma mañana en Ezeiza después del vuelo desde Nueva York. Lleva la mochila del viaje y busca un lugar para agarrarse. Queda parado cerca de Brian.

El tren arranca.

Durante unos minutos nadie habla.

Brian mira el celular esperando el próximo pedido.

Laura observa el movimiento de la ciudad que corre detrás de la ventana.

Sergio lee, en la pantalla de un pasajero sentado frente a él, un titular de un portal económico:

“Argentina seduce a los inversores en Nueva York”.

El tren se sacude un poco y Sergio levanta la vista.

—¿Funciona eso? —le pregunta a Brian señalando la mochila.

Brian sonríe apenas.

—Funcionar funciona —dice—. El tema es cuánto.

Laura escucha la conversación desde su asiento. No mira a ninguno de los dos, pero interviene casi como si estuviera terminando una clase.

—El problema no es si funciona —dice—. El problema es para quién.

Los tres se quedan en silencio.

El tren sigue avanzando.

En cada estación alguien baja, alguien sube, alguien se queda mirando el celular como si ahí estuviera la explicación de todo.

La Argentina entra y sale de los vagones todos los días.

Todos viajan en el mismo tren.

Pero no todos bajan en la misma estación.

Y hay días —como este— en que el país parece avanzar mientras, por debajo, empieza a escucharse otra vez ese sonido que nadie quiere escuchar demasiado.

El crujido.

*Jordi Aguiar