Un estudio de Harvard que analizó casi 13 millones de muertes en Estados Unidos encontró que pilotos y auxiliares de vuelo presentaron las mayores proporciones de fallecimientos por cánceres asociados con la radiación entre 503 profesiones. La principal hipótesis apunta a la radiación cósmica acumulada durante años de trabajo en altura, aunque los investigadores advierten que el estudio no demuestra por sí solo una relación causal.
Hay riesgos laborales que se pueden ver.
Una maquinaria pesada, un producto químico, una obra en construcción.
Y hay otros que llegan sin hacer ruido.
La radiación cósmica pertenece a esa segunda categoría. Está presente en la atmósfera y alcanza mayores niveles cuanto más se asciende, porque el aire ofrece menos protección frente a las partículas de alta energía procedentes del espacio.
Un nuevo estudio puso esa realidad bajo los reflectores y encontró un resultado que, a primera vista, sorprende: los pilotos y los auxiliares de vuelo fueron las profesiones con mayor proporción de muertes por determinados cánceres relacionados con la radiación entre más de 500 ocupaciones analizadas en Estados Unidos.
La investigación fue publicada el 17 de agosto en JAMA Internal Medicine y estuvo liderada por investigadores de la Facultad de Medicina de Harvard. Para realizarla, el equipo utilizó registros nacionales de casi 13 millones de muertes ocurridas entre 2020 y 2024, correspondientes a 503 ocupaciones diferentes.
Entre ellas había alrededor de 14.000 pilotos y 7.000 auxiliares de vuelo.
Los resultados mostraron que el 6,9% de las muertes entre auxiliares de vuelo y el 6,7% entre pilotos correspondieron a cánceres considerados relacionados con la radiación. Fueron las dos proporciones más altas de todo el conjunto estudiado.
El dato puede resultar extraño porque cuando se piensa en trabajos vinculados con radiación, probablemente la primera imagen sea la de un técnico nuclear o un trabajador hospitalario que utiliza equipos de diagnóstico.
Sin embargo, la altura cambia las reglas.
A medida que un avión asciende, la atmósfera que protege a la Tierra de la radiación cósmica se vuelve menos densa. Y la exposición puede aumentar todavía más dependiendo de la latitud de la ruta: las regiones cercanas a los polos reciben una protección menor que las zonas próximas al ecuador.
Los investigadores estiman que pilotos y auxiliares pueden acumular entre 3 y 6 milisieverts de radiación cósmica por año. Como comparación, los datos citados por Harvard indican que una persona que realiza diez vuelos domésticos de ida y vuelta al año recibe alrededor de 0,4 milisieverts.
La diferencia es considerable.
Pero hay una aclaración fundamental.
El estudio no dice que subirse a un avión sea peligroso ni que los pasajeros estén frente a un riesgo significativo de cáncer.
La investigación observa a personas que pasan buena parte de su vida laboral volando, durante cientos de horas al año y a lo largo de décadas. No está estudiando a alguien que toma un avión para viajar durante sus vacaciones.
Los propios investigadores señalan que los resultados no permiten establecer una relación causal definitiva. La base de datos no contiene una medición individual de la cantidad exacta de radiación que recibió cada trabajador y existen otros factores que podrían influir.
Entre ellos aparecen los horarios nocturnos habituales en la aviación y la exposición a radiación ultravioleta.
Por eso, más que una sentencia definitiva, el estudio funciona como una señal.
Una señal particularmente interesante porque los resultados siguieron un patrón que los investigadores esperaban encontrar si la radiación cósmica estuviera relacionada con parte del riesgo observado. Los cánceres asociados con radiación aparecieron con mayor frecuencia entre las tripulaciones, mientras que otros tipos de cáncer no mostraron el mismo comportamiento.
Además, los mecánicos y montadores de aeronaves —personas que trabajan en tierra y comparten parte del entorno laboral de la industria aérea— no presentaron el mismo patrón.
La comparación también ofrece una pista.
No parece ser simplemente “trabajar en la industria aeronáutica”.
La diferencia está relacionada con pasar muchas horas en vuelo.
El hallazgo abre además una discusión sobre la protección laboral. En Estados Unidos, las tripulaciones aéreas están reconocidas como trabajadores expuestos a radiación ionizante, pero no existen límites federales específicos de dosis ni una obligación general de controlar individualmente esa exposición como ocurre con otros trabajadores sometidos a radiación.
Ahí la investigación científica deja de ser solamente una curiosidad.
También se convierte en una pregunta sobre el mundo del trabajo.
Si una actividad profesional implica una exposición acumulativa que puede tener consecuencias sobre la salud, ¿hasta dónde deben llegar las medidas de prevención? ¿Cómo se mide ese riesgo? ¿Qué información debería recibir un trabajador antes de desarrollar una carrera durante décadas?
Son preguntas que no se resuelven con un titular.
Tampoco con una estadística aislada.
La ciencia, en este caso, ofrece algo más útil: una señal que permite investigar mejor.
Durante años, la imagen del riesgo asociado a la radiación estuvo vinculada principalmente con centrales nucleares, laboratorios y hospitales. Ahora, una investigación de enorme escala obliga a mirar también hacia arriba.
Allí, a varios kilómetros sobre la superficie terrestre, existe una forma de radiación que no podemos ver, oler ni sentir.
Y para quienes hacen del cielo su lugar de trabajo, esa exposición forma parte de la rutina.
No significa que cada vuelo sea una amenaza.
Significa algo más sencillo y más importante: hay riesgos que solamente pueden entenderse cuando se mira toda una vida laboral, y no un viaje aislado.
A veces la ciencia empieza justamente ahí: cuando alguien decide mirar aquello que durante mucho tiempo estuvo demasiado arriba como para que lo viéramos.