La candidata conservadora Keiko Fujimori obtuvo una ventaja prácticamente irreversible en el balotaje presidencial de Perú y se encamina a convertirse en la próxima jefa de Estado. Mientras el escrutinio ingresó en su tramo final, el postulante de izquierda Roberto Sánchez rechazó los resultados, denunció un supuesto fraude electoral y anunció que no reconocerá una eventual victoria de su adversaria.
Perú atraviesa una nueva etapa de alta tensión política tras una de las elecciones más reñidas de su historia reciente.
Con casi la totalidad de las mesas escrutadas, Keiko Fujimori logró una ventaja mínima, pero suficiente para quedar a un paso de la Presidencia. La candidata de Fuerza Popular obtuvo poco más del 50% de los votos y quedó con una diferencia difícil de revertir sobre Roberto Sánchez.
Sin embargo, el resultado no puso fin a la disputa.
Sánchez denunció irregularidades en el proceso electoral, cuestionó el recuento de votos emitidos en el exterior y afirmó que no reconocerá un gobierno encabezado por Fujimori. Además, convocó a sus seguidores a movilizarse mientras presenta impugnaciones ante las autoridades electorales.
Por su parte, Fujimori llamó a respetar el proceso institucional y sostuvo que trabajará para reducir la profunda polarización que atraviesa el país. La dirigente, que alcanzaría la Presidencia en su cuarto intento, prometió conformar un gabinete con perfil técnico y priorizar políticas de seguridad, crecimiento económico y combate contra el crimen organizado.
La elección estuvo marcada por una diferencia de apenas unas décimas porcentuales, reflejo de un país dividido entre dos proyectos políticos muy distintos. Pese a las denuncias presentadas por la oposición, observadores internacionales señalaron que el proceso electoral se desarrolló de manera válida y no encontraron evidencias de un fraude sistemático.
Si se confirma oficialmente el resultado, Keiko Fujimori se convertirá en la primera mujer en llegar a la Presidencia de Perú y pondrá nuevamente al fujimorismo al frente del país, más de dos décadas después del gobierno de su padre, Alberto Fujimori.
El desafío que tendrá por delante será considerable.
Además de gobernar un país profundamente polarizado, deberá construir consensos en un escenario político fragmentado y responder a una ciudadanía que reclama mayor estabilidad tras una década marcada por la sucesión de presidentes, crisis institucionales y una creciente desconfianza hacia la dirigencia política.