Una nueva encuesta mostró que la imagen negativa del presidente alcanzó uno de sus niveles más altos desde el inicio de su gestión. Al mismo tiempo, dirigentes opositores como Myriam Bregman comenzaron a crecer en valoración pública, en una señal de que el humor social ya no se mueve en la misma dirección que hace algunos meses.
La imagen de Javier Milei volvió a deteriorarse y la desaprobación a su gobierno llegó al 63 por ciento, según distintos relevamientos conocidos en los últimos días.
El dato confirma una tendencia que dejó de ser un episodio aislado para transformarse en una señal persistente de desgaste político.
La caída no se explica por un solo motivo.
La persistencia del ajuste, la pérdida del poder adquisitivo y una creciente preocupación por denuncias de corrupción dentro del oficialismo comenzaron a erosionar una base de apoyo que durante el primer tramo de gobierno parecía más resistente.
En paralelo, algunos nombres de la oposición empezaron a ganar terreno en la percepción pública.
Entre ellos aparece Myriam Bregman, que en varios sondeos figura entre las dirigentes con mejor imagen del país, un fenómeno llamativo en un escenario donde durante meses el oficialismo había logrado concentrar casi toda la centralidad política.
El crecimiento de Bregman no implica por sí mismo un cambio de ciclo.
Pero sí refleja una modificación en el clima social, donde parte del electorado empieza a mirar con menos entusiasmo a un gobierno que construyó buena parte de su legitimidad sobre la promesa de una transformación rápida.
La política argentina suele moverse antes en la percepción que en las urnas.
Muchas veces los cambios más profundos empiezan en las encuestas, en los gestos cotidianos y en el tono con el que una sociedad empieza a hablar de quienes gobiernan.
En la Casa Rosada todavía insisten en que el respaldo al programa económico se mantiene.
Sin embargo, el deterioro de la imagen presidencial empieza a mostrar que la paciencia social no es infinita y que incluso los liderazgos más disruptivos pueden comenzar a perder fuerza cuando la expectativa tarda demasiado en convertirse en alivio.
En política, el poder no siempre se erosiona de golpe.
A veces empieza a deshacerse lentamente, cuando la confianza deja de acompañar a la misma velocidad con la que alguna vez creció.