Salvar el proyecto o soltar a Milei: la duda que empieza a incomodar al poder

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Una hipótesis recorre despachos y mesas reservadas: sostener el rumbo económico incluso si el liderazgo presidencial deja de ser viable.

Hay discusiones que no llegan a los micrófonos, pero igual ordenan decisiones.

Se mueven en voz baja, entre empresarios, dirigentes y operadores que leen la política como quien mide riesgos.

Una de esas discusiones empieza a tomar forma:
si el proyecto económico puede sostenerse aun sin Javier Milei.

No es una ruptura.
Es, por ahora, una pregunta.

Pero las preguntas, en política, suelen anticipar movimientos.

La cuestión de fondo no es solo el Presidente.
Es la viabilidad del programa que encarna.

El ajuste, la desregulación y la promesa de orden macroeconómico siguen siendo, para ciertos sectores, un horizonte deseado.
El problema aparece cuando la herramienta política que debería garantizar ese rumbo empieza a mostrar límites.

El estilo confrontativo, la dificultad para construir acuerdos y la tensión constante con actores clave erosionan algo esencial: la gobernabilidad.

Y sin gobernabilidad, incluso el mejor diseño económico queda en suspenso.

Ahí es donde emerge la idea —todavía difusa, todavía incipiente— de un “plan de contingencia”.

No necesariamente para cambiar el rumbo.
Sí, eventualmente, para cambiar la forma de conducirlo.

La política argentina tiene memoria en este tipo de situaciones.
Cuando un liderazgo se vuelve imprevisible o pierde capacidad de articulación, el sistema empieza a buscar reemplazos o atajos.

No siempre de manera ordenada.
No siempre de manera explícita.

Pero ocurre.

En ese marco, la figura de Milei enfrenta su mayor desafío desde que llegó al poder: dejar de ser solo un símbolo de ruptura y convertirse en un garante de estabilidad.

Porque gobernar no es solo transformar.

También es sostener.

Y sostener implica negociar, ceder, administrar tiempos.

La tensión es evidente.

Un liderazgo construido sobre la idea de dinamitar el sistema ahora necesita apoyarse en él para sobrevivir.

El interrogante, entonces, no es únicamente sobre el presente.

Es sobre la durabilidad del proyecto.

Sobre si puede institucionalizarse o si depende demasiado de una figura.

Y sobre qué ocurre cuando esa figura empieza a generar más incertidumbre que previsibilidad.

Por ahora, no hay respuestas definitivas.

Pero el solo hecho de que la pregunta circule ya dice bastante.

En política, cuando se empieza a discutir cómo seguir sin alguien, es porque ese alguien dejó de ser incuestionable.