Un reptil marino de 150 millones de años revela el pasado oceánico de Neuquén

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El Catutosaurus gaspariniae, un antiguo ictiosaurio descubierto cerca de Zapala, forma parte de la colección del Museo Provincial de Ciencias Naturales Juan A. Olsacher. Sus restos permiten reconstruir una época en la que buena parte del territorio neuquino estaba cubierta por el mar.

Mucho antes de que existieran las ciudades, las rutas y la cordillera de los Andes tal como la conocemos, el actual territorio de Neuquén era muy diferente. Extensas zonas estaban bajo las aguas de un antiguo mar donde habitaban reptiles adaptados a la vida acuática. Millones de años después, sus restos fósiles permiten reconstruir aquel paisaje desaparecido y comprender cómo evolucionó la región.

Uno de esos testimonios es el Catutosaurus gaspariniae, un ictiosaurio que vivió hace aproximadamente 150 millones de años, durante el Jurásico Superior. Sus restos fueron encontrados en las cercanías de Los Catutos, en la provincia de Neuquén, y hoy forman parte del patrimonio científico del Museo Provincial de Ciencias Naturales Juan A. Olsacher, ubicado en Zapala.

El ejemplar fue identificado como una especie nueva para la ciencia a partir del estudio de sus restos, recuperados de rocas de la Formación Vaca Muerta. El hallazgo amplió el conocimiento sobre los reptiles marinos que habitaron los antiguos ecosistemas patagónicos y volvió a poner de relieve la importancia paleontológica de la provincia.

El nombre de la especie reúne dos referencias. Catutosaurus remite a Los Catutos, la zona donde se encontraron los restos, mientras que gaspariniae homenajea a Zulma Brandoni de Gasparini, investigadora argentina pionera en el estudio de los reptiles marinos fósiles.

La historia del animal también permite acercarse a una etapa muy distinta de la evolución geológica regional. En aquel tiempo, los mares ocupaban amplias extensiones de la Cuenca Neuquina y albergaban una fauna diversa. Los ictiosaurios, cuyo aspecto podía recordar al de los delfines actuales, desarrollaron adaptaciones que les permitieron desenvolverse en ambientes acuáticos durante millones de años.

El registro fósil es una de las herramientas fundamentales para reconstruir esos ecosistemas. A partir de los huesos, las rocas que los contienen y el contexto geológico de cada hallazgo, los especialistas pueden formular hipótesis sobre la anatomía de las especies, sus ambientes y los cambios que experimentó la vida a lo largo del tiempo.

En Neuquén, ese trabajo tiene un lugar destacado en el Museo Olsacher, una institución que combina investigación, conservación y divulgación científica. Su colección comenzó a formarse a fines de la década de 1960, a partir de una pequeña reunión de rocas y minerales vinculada con la actividad geológica desarrollada en Zapala. El museo fue inaugurado oficialmente el 24 de mayo de 1969 y desde entonces amplió sus colecciones con materiales paleontológicos y mineralógicos obtenidos mediante investigaciones, donaciones e intercambios científicos.

En sus salas conviven restos de reptiles marinos, dinosaurios, minerales y rocas que permiten observar distintas etapas de la historia natural de la provincia. Cada pieza representa una oportunidad para comprender que el paisaje actual es el resultado de transformaciones que se desarrollaron durante millones de años.

La conservación de ese patrimonio requiere mucho más que exhibir fósiles detrás de una vitrina. También implica investigar los materiales, documentar su procedencia, protegerlos del deterioro y garantizar que puedan ser estudiados por nuevas generaciones de especialistas. La articulación entre museos, universidades y equipos científicos resulta esencial para que los descubrimientos no queden limitados a una curiosidad, sino que se conviertan en conocimiento compartido.

Ubicado en la intersección de Ejército Argentino y Etcheluz, en Zapala, el Museo Olsacher recibe a estudiantes, familias y visitantes interesados en conocer la historia geológica y paleontológica de Neuquén. Su propuesta acerca la ciencia al público y permite que el pasado remoto deje de ser una abstracción para adquirir una dimensión concreta.

En una provincia cuya identidad suele asociarse con sus montañas, sus ríos y sus recursos naturales, los fósiles recuerdan que hubo otros paisajes antes de los actuales. Donde hoy se extiende la tierra patagónica, alguna vez nadaron animales que desaparecieron mucho antes de la aparición de los seres humanos.

El Catutosaurus gaspariniae es una pequeña ventana hacia ese mundo perdido. Su historia demuestra que el patrimonio neuquino no se limita a lo que puede observarse en la superficie: también permanece escrito en las rocas, a la espera de que la investigación científica permita descifrarlo.

Conservar esas huellas significa proteger una parte de la memoria natural de la región y mantener abierta la posibilidad de nuevos descubrimientos. Porque en Neuquén, incluso las piedras más antiguas todavía tienen historias que contar.