El banco estadounidense recortó su proyección de crecimiento para la Argentina y advirtió sobre la posibilidad de una recesión. Al mismo tiempo, el riesgo país volvió a superar los 600 puntos y crecen las dudas sobre la capacidad del Gobierno para conseguir los dólares necesarios para afrontar los vencimientos de 2027.
La economía argentina vuelve a quedar bajo la lupa de Wall Street. JP Morgan, uno de los bancos de inversión más importantes del mundo, recortó su previsión de crecimiento para el país y encendió nuevas señales de alerta sobre el rumbo de la actividad, las reservas y el financiamiento de la deuda.
El banco redujo su estimación de crecimiento para 2026 desde el 2,6% hasta el 1,5%. Además, advirtió que la economía podría atravesar dos trimestres consecutivos de contracción, una situación compatible con una recesión técnica.
La modificación de las proyecciones llega después de que la actividad económica mostrara un retroceso mayor al esperado. Según los datos citados en el informe, el nivel de actividad cayó 2,9% en julio frente a junio, mientras que la comparación interanual mostró una baja del 1,4%. La industria manufacturera retrocedió 4,6% y el comercio cayó 5,1%.
El escenario financiero también empezó a mostrar mayores dificultades. El riesgo país, que había rondado los 400 puntos básicos en julio, llegó a superar los 640 puntos durante septiembre y cerró el martes 29 cerca de los 607. En menos de tres meses, el indicador acumuló una suba superior al 50%.
El riesgo país refleja cuánto más rendimiento exigen los inversores para comprar deuda argentina en comparación con los bonos del Tesoro de Estados Unidos. Cuando el indicador sube, conseguir financiamiento se vuelve más caro y las posibilidades de refinanciar vencimientos en condiciones favorables se reducen.
El contexto internacional aporta parte de la explicación. El aumento de los rendimientos de los bonos estadounidenses y los movimientos de las tasas de interés de la Reserva Federal afectan a los mercados emergentes. Pero el problema argentino tiene además componentes propios: la menor acumulación de reservas y el aumento del costo que el mercado exige para financiar al Tesoro.
El programa financiero previsto para 2027 contempla necesidades por unos 24.900 millones de dólares. Entre las fuentes previstas aparecen alrededor de 4.900 millones que el Tesoro obtendría mediante compras al Banco Central y otros 5.000 millones a través de emisiones de bonos en el mercado local.
Ahí aparece uno de los principales interrogantes. Durante septiembre, el ritmo de compra de dólares del Banco Central se redujo considerablemente respecto de los meses anteriores. Al mismo tiempo, las tasas exigidas para comprar deuda en dólares bajo legislación argentina aumentaron hasta niveles de dos dígitos.
La combinación complica el esquema oficial. Si el Estado debe pagar deuda en dólares pero encuentra dificultades para acumular reservas y, al mismo tiempo, el mercado exige tasas cada vez mayores para prestar, el margen de maniobra financiero se reduce.
El antecedente que vuelve a aparecer en las discusiones económicas es 2018. En abril de aquel año, JP Morgan se desprendió de parte de sus posiciones en Lebac y compró dólares. La decisión fue seguida por otros inversores y contribuyó a profundizar una corrida cambiaria que terminó con el regreso del Fondo Monetario Internacional a la Argentina.
La situación actual no es idéntica. El FMI ya forma parte del esquema financiero argentino y las condiciones internacionales son diferentes. Pero el episodio funciona como antecedente para recordar que el respaldo de los grandes bancos internacionales puede cambiar cuando se modifican las expectativas sobre la economía.
La dificultad actual tampoco se limita al mercado financiero. El deterioro de la actividad comienza a sentirse en la economía cotidiana. Una menor producción implica menos ventas para empresas y comercios, mientras que la pérdida de ingresos reduce la capacidad de consumo de los hogares.
Ese cuadro genera una tensión particularmente delicada: el Gobierno busca sostener la estabilidad cambiaria y fiscal, pero necesita al mismo tiempo acumular dólares para afrontar sus compromisos futuros. La demanda privada de moneda extranjera agrega presión sobre ese objetivo.
En agosto, según los datos citados por el informe, 1,7 millones de personas compraron dólares para ahorrar por un total de 2.853 millones. La demanda de cobertura cambiaria convive así con las necesidades de financiamiento del Estado y con un Banco Central que intenta fortalecer sus reservas.
El problema es que cada alternativa tiene un costo. Una mayor flexibilidad del tipo de cambio puede generar presión sobre los precios; tasas más altas pueden encarecer la deuda; y una menor compra de reservas deja menos margen para afrontar los vencimientos futuros.
El escenario coloca a 2027 como un año particularmente sensible. El Gobierno deberá enfrentar importantes compromisos financieros en un contexto electoral y con un mercado que ya está exigiendo mayores rendimientos por los activos argentinos.
La señal de JP Morgan no significa por sí sola que vaya a producirse una nueva crisis como la de 2018. Sí muestra, en cambio, que las dudas sobre la capacidad de crecimiento y financiamiento de la Argentina volvieron a ocupar un lugar importante entre los grandes operadores internacionales.
La economía puede sostener durante un tiempo la apariencia de estabilidad cuando algunos indicadores permanecen ordenados. Pero cuando la actividad cae, las reservas crecen menos y el costo de endeudarse aumenta, las tensiones empiezan a aparecer en distintos frentes al mismo tiempo.
Esta vez, la alarma llega desde Wall Street. Y encuentra a la economía argentina frente a una pregunta incómoda: cómo sostener el programa financiero de 2027 si el crecimiento se enfría, los dólares escasean y el mercado comienza a pedir cada vez más para seguir prestando.