La deuda soberana comenzó a reflejar tasas de corto plazo superiores a las de vencimientos más largos, una señal de desconfianza sobre la capacidad de pago. Con el riesgo país en 852 puntos y un vencimiento de unos 850 millones de dólares con el FMI pendiente, el Gobierno desplegó medidas para moderar la demanda de divisas tras la derrota electoral de Donald Trump en Estados Unidos.
La incertidumbre internacional volvió a golpear a los mercados argentinos y dejó al descubierto la fragilidad financiera del programa económico de Javier Milei. Los bonos soberanos en dólares registraron rendimientos elevados, con una curva de tasas invertida que refleja el temor de los inversores a posibles dificultades de pago en el corto y mediano plazo. Frente a ese escenario, el ministro de Economía, Luis Caputo, intervino para contener la presión sobre el dólar y evitar que la reacción financiera profundizara las expectativas de devaluación.
El deterioro coincidió con el resultado de las elecciones de medio término en Estados Unidos, donde el Partido Demócrata obtuvo el control de ambas cámaras del Congreso, en un revés político para Donald Trump. La reacción de los activos argentinos fue diferente de la registrada en Wall Street: mientras los principales índices estadounidenses avanzaron, los bonos y las acciones locales continuaron bajo presión.
El riesgo país alcanzó los 852 puntos básicos durante la jornada del miércoles 4 de noviembre, después de haber comenzado su escalada varias semanas atrás. El indicador, que mide la diferencia entre el rendimiento de la deuda argentina y los títulos del Tesoro estadounidense, había rondado los 500 puntos antes de iniciar este nuevo deterioro. Su evolución refleja el mayor costo que los mercados exigen para financiar al país y las dudas sobre la capacidad de afrontar los compromisos externos.
Uno de los datos que encendió señales de alerta fue el comportamiento de los bonos. Los títulos GD29 y GD30, con vencimientos más próximos, llegaron a ofrecer rendimientos cercanos al 15%, por encima de los correspondientes a instrumentos de plazos más largos, como los GD38 y GD41. Esta inversión de la curva suele asociarse con una percepción de mayor riesgo en el horizonte inmediato y con la posibilidad de dificultades para cumplir los pagos.
El contexto se vuelve más exigente por los compromisos financieros que enfrenta el país. Entre ellos aparece un vencimiento de aproximadamente 850 millones de dólares con el Fondo Monetario Internacional, previsto para esta semana. En paralelo, las necesidades de financiamiento siguen siendo una de las principales restricciones para la política económica, especialmente mientras el Gobierno no logra recuperar el acceso al crédito voluntario en los mercados internacionales.
La salida de bancos internacionales y fondos de inversión de los activos argentinos también contribuyó a profundizar la presión. En las últimas semanas, distintos inversores institucionales redujeron su exposición a la deuda soberana, mientras otros participantes con mayor tolerancia al riesgo ocuparon parte de ese espacio, atraídos por los rendimientos elevados. La combinación de menor demanda institucional y mayor incertidumbre deterioró las cotizaciones.
En ese escenario, Caputo buscó transmitir tranquilidad. El ministro sostuvo que las expectativas de una suba del tipo de cambio para el próximo año no necesariamente implican que ese movimiento vaya a producirse y afirmó que parte de la reacción del mercado ya se había anticipado. Sin embargo, el Gobierno desplegó una intervención temprana para moderar la demanda de dólares y evitar que la presión cambiaria se trasladara rápidamente a los precios financieros.
Durante las primeras horas de la rueda, operadores vinculados con el sector público ofrecieron divisas en el mercado mayorista y cobertura en el mercado de futuros. La estrategia apuntó a contener el movimiento inicial y enviar una señal de que las autoridades no permitirían una aceleración abrupta del tipo de cambio.
El Banco Central terminó la jornada con una compra de nueve millones de dólares para sus reservas, la primera adquisición de divisas del mes. El dólar mayorista cerró en 1.546 pesos, cinco pesos por debajo del día anterior. En los mercados financieros, el MEP terminó en 1.584,76 pesos y el contado con liquidación en 1.675,87 pesos.
La intervención permitió moderar el movimiento cambiario durante esa rueda, aunque no despejó las dudas sobre el panorama financiero. La presión sobre los activos argentinos continúa vinculada tanto con los compromisos de deuda como con las expectativas sobre la evolución de la economía y el respaldo externo que pueda recibir el Gobierno.
La diferencia con Wall Street fue marcada. Tras el resultado electoral estadounidense, el Dow Jones avanzó un 3,03%, el S&P 500 subió un 1,58% y el Nasdaq 100 ganó un 1,44%. También bajó el rendimiento de los bonos del Tesoro a diez años, mientras el petróleo registró una fuerte caída ante las expectativas de una posible desescalada del conflicto con Irán.
En Buenos Aires, en cambio, el índice Merval retrocedió un 2,44% en pesos y un 2,12% medido en dólares. La desconexión entre ambos mercados mostró que la evolución de los activos argentinos responde a factores propios, entre ellos la incertidumbre sobre el financiamiento, la sostenibilidad del programa económico y la capacidad de generar divisas.
La derrota de Trump agregó una dimensión política a ese escenario. Una parte de las expectativas financieras sobre Argentina estaba asociada al respaldo de Washington y a la posibilidad de que Estados Unidos funcionara como apoyo ante eventuales dificultades. El nuevo equilibrio legislativo estadounidense abre interrogantes sobre el margen de acción de la administración republicana y sobre la continuidad de ese acompañamiento.
El episodio vuelve a mostrar una de las principales vulnerabilidades de la economía argentina: la necesidad de sostener la confianza de los mercados mientras enfrenta vencimientos elevados y dificultades para acceder al financiamiento externo. La intervención cambiaria puede contener movimientos de corto plazo, pero no reemplaza una solución duradera para las necesidades de dólares ni elimina las dudas sobre la capacidad de pago.
El desafío para el Gobierno será atravesar los próximos compromisos financieros sin que la presión sobre el tipo de cambio termine trasladándose a las tasas de interés, el crédito y la actividad económica. En una economía que necesita recuperar inversión y consumo, el costo de la incertidumbre puede extenderse mucho más allá de las pantallas de los mercados.