El impacto digital del presidente cayó un 70% en poco más de un año, mientras las principales cuentas libertarias redujeron sus menciones y los streamings oficialistas comenzaron a perder audiencia. El dato expone un problema político más profundo: una maquinaria que alguna vez fue decisiva para instalar la agenda ya no consigue ordenar la conversación pública como antes.
Durante buena parte del fenómeno Milei, las redes sociales funcionaron como una especie de plaza pública propia. No era necesario esperar a los diarios, la televisión o los grandes programas políticos: el presidente hablaba directamente con millones de personas, sus seguidores amplificaban el mensaje y una discusión podía quedar instalada en cuestión de horas.
Ese mecanismo fue una de las grandes fortalezas del oficialismo.
Ahora empieza a mostrar signos evidentes de desgaste.
Un informe de la consultora AdHoc, citado por La Política Online, señala que el impacto de las publicaciones de Javier Milei cayó un 70% en menos de un año y medio. El estudio, denominado “Fatiga Digital”, también registra una reducción en la actividad de las principales cuentas vinculadas al universo libertario y una menor capacidad para instalar temas en la conversación pública.
La diferencia puede verse en los números.
Milei había alcanzado un pico de aproximadamente 13 millones de menciones en X durante febrero de 2025, antes de que estallara el escándalo relacionado con la criptomoneda Libra. Para junio de 2026, esa cifra había descendido a unos 3,7 millones.
No significa que el presidente haya desaparecido de las redes. Sería absurdo decirlo.
Milei continúa siendo uno de los dirigentes políticos argentinos con mayor presencia digital. La cuestión es otra: ya no consigue producir el mismo nivel de entusiasmo, interacción y reproducción que caracterizó sus primeros tiempos en el poder.
Y en política digital, el volumen importa.
Pero importa todavía más qué tipo de conversación genera ese volumen.
Según el informe citado, las cuentas más cercanas al oficialismo comenzaron a mencionar menos al presidente y perdieron capacidad para traccionar debates. Al mismo tiempo, los posteos de Milei reciben una proporción mayor de respuestas negativas, burlas y críticas que durante el período de mayor fortaleza de su comunidad digital.
La maquinaria que alguna vez parecía funcionar con piloto automático ahora necesita combustible.
El fenómeno también alcanza a los streamings identificados con el Gobierno. Programas como Carajo y Neura registraron una disminución de sus audiencias en vivo, mientras las entrevistas de Milei en esos espacios tuvieron menos visualizaciones que en años anteriores. La Política Online cita, por ejemplo, una caída en las reproducciones de una entrevista del presidente en el canal de Alejandro Fantino: de 1,5 millones de visualizaciones en abril de 2024 a 279.000 en junio de 2026.
La cifra más interesante, sin embargo, quizá sea otra.
“Perdimos la discusión”, admitieron fuentes libertarias citadas por LPO.
La frase importa porque reconoce algo que va más allá de una estadística de redes sociales.
El Gobierno de Milei construyó buena parte de su identidad política alrededor de la capacidad de disputar el sentido común desde internet. Las redes no eran solamente un canal de comunicación: eran parte del modelo de poder.
Desde allí se atacaba a adversarios, se instalaban consignas, se respondía a periodistas y se organizaba una comunidad política que funcionaba con una velocidad difícil de igualar para las estructuras tradicionales.
El problema aparece cuando esa comunidad empieza a cansarse.
El informe de AdHoc vincula la pérdida de impacto digital con un desgaste político más general. La sucesión de controversias y conflictos habría reducido la capacidad del oficialismo para mantener el mismo nivel de adhesión que tuvo durante su etapa inicial.
Eso también modifica la relación entre el Gobierno y sus propias redes.
Durante mucho tiempo, cualquier crítica podía ser presentada como una operación de los medios tradicionales o como un ataque de sectores identificados con la vieja política. Esa estrategia funcionaba mientras la comunidad libertaria conservaba suficiente energía para responder, amplificar y convertir cada enfrentamiento en una nueva batalla.
Pero una comunidad política no puede vivir eternamente de la indignación.
Necesita resultados.
Y cuando las preocupaciones cotidianas empiezan a ocupar más espacio que las peleas culturales, la capacidad de convertir cada problema en una batalla ideológica disminuye.
Ahí está quizás el verdadero desafío para el oficialismo.
Las redes pueden ayudar a construir una identidad política, pero difícilmente puedan reemplazar indefinidamente a la gestión. Pueden instalar una discusión, pero no hacer desaparecer una preocupación que existe fuera de la pantalla.
El desgaste digital, por lo tanto, puede ser leído como un síntoma.
No necesariamente significa que Milei haya perdido todo su apoyo ni que las redes hayan dejado de ser importantes para el Gobierno. Significa que la relación entre el presidente y su ecosistema digital ya no funciona con la misma intensidad.
Y eso tiene consecuencias políticas.
Porque cuando un gobierno pierde capacidad para imponer su propia conversación, los adversarios ganan espacio para definir cuáles son las preguntas importantes. La agenda deja de ser una propiedad exclusiva del oficialismo y vuelve a convertirse en un terreno de disputa.
En ese escenario, el desafío para Milei no es simplemente recuperar seguidores.
Es recuperar capacidad de convencer.
La diferencia es enorme.
Una cuenta puede tener millones de seguidores y, aun así, generar cada vez menos influencia. La verdadera fortaleza política de una red no se mide solamente por cuántas personas leen un mensaje, sino por cuántas lo consideran relevante, lo comparten y terminan incorporándolo a una conversación más amplia.
Durante un tiempo, Milei consiguió hacer eso con una eficacia extraordinaria.
Ahora los números muestran que aquella ventaja se está achicando.
La política argentina sigue ocurriendo en las redes, pero el algoritmo ya no parece jugar solamente para el oficialismo.
Y quizás esa sea una de las señales más importantes del momento: cuando un gobierno deja de controlar la conversación, también empieza a quedar más expuesto a una conversación que no puede controlar.