El cierre de septiembre encontró al Gobierno frente a una combinación incómoda: el riesgo país escaló, el dólar alcanzó nuevos máximos nominales y el Tesoro debió ofrecer tasas más altas para renovar una parte importante de su deuda. Al mismo tiempo, el consumo y la confianza en la gestión muestran señales de deterioro.
La semana financiera terminó dejando una fotografía difícil de disimular. Mientras el Gobierno insiste en que el programa económico avanza hacia una etapa de crecimiento sostenido, los mercados mostraron una preocupación distinta: más presión sobre el dólar, caída de los bonos, aumento del riesgo país y un Tesoro obligado a pagar más para conseguir los pesos que necesita.
El lunes 28 de septiembre, el riesgo país llegó a 626 puntos básicos, su nivel más alto desde marzo, después de acumular doce ruedas consecutivas de subas. Los bonos soberanos también retrocedieron y algunos títulos volvieron a ofrecer rendimientos elevados en dólares, una señal del costo que tendría hoy para la Argentina volver a financiarse en los mercados internacionales.
La tensión también apareció en la renovación de deuda. El Tesoro debía afrontar vencimientos por unos 8,6 billones de pesos y consiguió refinanciarlos ofreciendo rendimientos superiores a los que se observaban en el mercado secundario. En otras palabras: para conseguir que los inversores se quedaran en instrumentos en pesos, el Gobierno tuvo que mejorar la recompensa.
La presión no se concentró solamente en los bonos. El dólar oficial alcanzó los 1.545 pesos, mientras el MEP cerró en torno a los 1.551 y el contado con liquidación llegó a unos 1.622 pesos. La diferencia entre ambos mercados volvió a reflejar una demanda importante de cobertura frente al peso.
Uno de los datos más llamativos apareció en los instrumentos dólar linked, utilizados por los inversores como una especie de seguro frente a una eventual suba del tipo de cambio. La demanda aumentó y el Tesoro debió convalidar rendimientos elevados para colocar deuda vinculada a la evolución del dólar.
La escena financiera ocurre, además, sobre una economía que viene mostrando señales menos confortables. El consumo de los hogares registró en agosto una caída interanual del 1,1% y quedó 2,1% por debajo del máximo alcanzado a comienzos de 2025, según el indicador de la Cámara Argentina de Comercio citado en el informe.
La actividad económica también había dado una señal fuerte en julio, cuando el EMAE registró una contracción mensual del 2,9%. Ese dato llevó a distintas instituciones a revisar sus perspectivas para el año. J.P. Morgan, por ejemplo, redujo recientemente su proyección de crecimiento para 2026 del 2,7% al 1,5%.
Hay, entonces, dos relatos que empiezan a caminar por veredas cada vez más separadas. Por un lado, el discurso oficial sostiene que la estabilización terminará desembocando en crecimiento y que los indicadores negativos son parte de una transición. Por otro, los datos financieros y algunos indicadores de actividad muestran que todavía existen dificultades para consolidar la confianza y sostener el consumo.
La confianza en el Gobierno tampoco escapó de esa tendencia. El índice elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella cayó 5,9% en septiembre y quedó en 1,94 puntos, el registro más bajo de la actual gestión.
Esto no significa que una semana negativa determine por sí sola el destino de un programa económico. Los mercados pueden atravesar períodos de volatilidad y las expectativas pueden cambiar rápidamente. Pero sí revela un problema concreto para cualquier administración: cuando aumenta el costo de financiarse y crece la búsqueda de cobertura cambiaria, mantener la estabilidad requiere cada vez más confianza.
Y la confianza no se construye solamente con anuncios. También depende de que los números de la economía cotidiana —el consumo, la actividad, el empleo y los ingresos— acompañen el relato de recuperación.
Septiembre termina así con una contradicción difícil de ignorar. El Gobierno habla de crecimiento futuro mientras el presente financiero exige tasas más altas, los bonos pierden valor y el consumo vuelve a enfriarse. La economía argentina, una vez más, parece recordar que los mercados pueden esperar promesas, pero tarde o temprano terminan preguntando por los resultados.